Estoy harto, ya se olvidó el asunto y todos tranquilos.

Cuando uno tiene un enemigo debe recordar algo: Nunca, y lo repito. NUNCA. Se debe bajar la guardia. No se le muestra misericordia, no se detiene las estocadas ni se le subestima… solo por una razón: El no te mostrará la misma piedad.

Así que no joda, me causa arrechera que este maldito hijo de puta que es el Director/Profesor/Dueño/Jardinero /Plomero/Cantinero/Superman (cosa que no puede según el ministerio) se salga con la suya.

¿Por qué coño el ministerio nos dio tantas esperanzas de que un villano tendría su merecido, para luego el único cambio sea que hayan profesores de nuevo?

Me da furia, furia indescriptible… No me es suficiente… quiero verle humillado, derrotado, acabado. No quiero que se joda el colegio porque me joderé yo, pero quiero no verlo ni como profesor ni dueño…

He bajado el perfíl, pero cuando termine el año lo humillaré en el acto de graduación, ténganlo por seguro.

Al final veremos quién rie más… no tuvo precio verlo asustado, rojo y nervioso cuando nos visitó el ministerio, pero el piensa que se salvó. Bueno, si los métodos convencionales no sirven, pues entonces recurramos a medidas más drásticas.

No me vengaré con golpes ni vandalismo, eso es de maricas. Lo humillaré donde le duela, y como le he atacado en el pasado: Con el poder de la palabra; que en estas situaciones es más que el de la espada.

Oh…. pagará. Lo pagará bien caro, ni siquiera el infierno le tiene esto preparado.

Aquí les traigo mi regreso, y con ello la revisión de mi proyecto más ambicioso. Sí, hablo de mi libro una obra de épica fantasía especulativa que hará que Harry Potter haga maletas, que Aragorn hijo de Arathorn se le melle la espada, que Drizzt Do´Urden se quede pendejo y que Elric de Melnibone regrese a su puta isla.

Me alegra anunciar que pasé un etapa que me tenía atrapado y preocupado, pero que ahora (aunque será más difícil escribir, pero no por ello menos gratificante, incluso más aún) la he superado y reinventado.

Sin más prámbulo: El Azote de los Infieles I, El origen del Dragón Caído.

(Nota: Nótese que sigue siendo un borrador, así que por favor cualquier fallo, yo admito que no soy perfecto, me lo hagan saber.)

Prólogo: El Misterioso Extranjero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para los pocos transeúntes o para los muchos mirones en las ventanas oscuras, esta figura habría sido algo por cual preocuparse. No era alta, no. Era más baja por una cabeza que la estatura típica de los hombres de la aldea. También menos ancho… sin embargo lo rodeaba un aura incierta. Una carga sobre sus hombros, una de las que no se ven y de las peores.

Una emocional…

Había una oscuridad penetrante, era bien avanzada la noche y el cielo estaba nublado y listo para desatar su furia sobre el mundo de los vivos. Pero la oscuridad fue muriendo cuando se enfrentó a la luz de las antorchas de la pequeña aldea. El misterioso extranjero, la figura ya no tan sombría caminaba entonces sin inmutarse frente a los vientos violentos. Su capa llena de parches y de un color que parecía ser rojo sangre; “parecía”, ya que su color original era irreconocible por lo sucia y gastaba que estaba su maltrecha tela, la llevaba cubriendo parte de su pecho y rostro, junto a un sombrero de paja que velaba completamente sus ojos.

De su espalda yacía un mortal acero de gran tamaño, con la hoja mellada y oxidada, pero como dije antes, el peso de esta arma no era nada a la carga invisible que este personaje portaba. Aunque claro, la carga física no se quedaba tan atrás… un cazador astuto habría notado lo hondo de sus pisadas en el lodo.

¿Lodo? Ah sí, no les mencioné que la tormenta se desató poco antes que él llegara al pueblo. Pues bien, las pisadas eran hondas… muy hondas. Y es pues que sus botas eran de hierro y que su espalda mostraba una forma irregular bajo la capa… tal vez era su morral.E zz

Con ese torrencial era bueno tener un sombrero y una capa cubriéndole la cara. El misterioso extranjero miró a los lados, luego levantó la vista y le dio una ojeada al ambiente a su alrededor.

-Debe de estar por aquí –dijo con su seca voz de acento incivilizado.

Y es que después de dos segundos más de búsqueda lo encontró. La taberna “El Basilisco Bien-Muerto” yacía a unos escasos metros de distancia. A otra decena de pasos con esas pesadas botas, con esa carga maldita…

Sin dudarlo, sin siquiera pensarlo, el hombre se acercó cada vez más a ella. El torrencial hizo que las rodillas protegidas por hierro se empaparan de lodo, pero eso no le inmutó… no, pues, ¿cómo podría importarle un poco de lodo después de todo lo que había vivido en los últimos meses?

La puerta se abrió de par en par luego que la patada con greba la golpease, quedando agrietada. No le importaba lo que le dijeran, ese lado oscuro dentro de él estaba desesperado por buscar pelea. Los parroquianos, muchos gente simplona que se retiraba a un merecido descanso nocturno, lo miraron. Su oscura silueta al borde en el marco se tornó más impactante cuando un relámpago cruzó el cielo, y la luz y la oscuridad colorearon macabramente la visión ante los simples borrachines. Sin mencionar la gran espada a su espalda, amenazando silenciosamente, como un juez al que no se debe molestar. Un juez que decide si vives o mueres, sí ganas o pierdes.

Sus pesadas grebas tronaban contra la madera ennegrecida, engendrando temor entre los hombres y meseras. Caminó entre las mesas, dejando huellas de lodo por donde pasaba y apartando las partes del cuerpo que fuesen a rozar o tropezar con algún parroquiano o tabla. Pocos pasos después, llegó a la barra y se sentó pesadamente en la primera silla a la vista.

El tabernero se le acercó mientras limpiaba un vaso con su delantal mugriento.

-Eh tú, forastero –dijo. Estaban acostumbrados a los viajeros enigmáticos que cruzaban su pequeño pueblo en medio de la nada – ¿Qué quieres?

Pero no hubo respuesta, el extranjero estaba en un trance profundo. Con la mirada perdida contemplaba el delantal sucio del gordo y viejo tabernero. Las manos negruscas tocaron su capa y lo jalaron hacia delante, un segundo después; guiado por instinto asesino y primario, el viajero cogió al tabernero por el cuello con su mano izquierda, la cual apareció de la nada debajo de su capa, y luego de la derecha, que al igual que su hermana hizo una entrada inesperada, solo que la suya fue más brutal y escalofriante. Pues la mano derecha estaba envuelta en un guantelete negro con púas de oro, una rodela agrietada y una daga oxidada amarrada con ligas de cuero. La punta de la sádica arma estaba a centímetros del ojo del hombre, mientras que dos luciérnagas azules se formaron en los ojos del misterioso extranjero.

Las llamas celestes bailaban hipnotizadoramente Por debajo de la sombra del sombrero, alumbrando un poco el rostro del forastero, pero sin ser suficiente para el tabernero. por

-¡Tranquilo, tranquilo! –después de estas palabras las llamas comenzaron a menguar lentamente… el agarre de la mano izquierda se soltó y la punta de la daga se alejó.

-Tráigame… -dijo lentamente el ser, tratando de ocultar lo más posible su extraño acento –Tráigame una jarra… de su licor más barato.

Todo volvió a la normalidad tan rápidamente como empezó, y el tabernero puso la jarra que limpiaba en la mesa, pero como que se lo pensó mejor y sacó de por debajo de la barra una más limpia y puso cerveza en el envase.

El misterioso extranjero miraba su bebida, con ojos perdidos de nuevo. Su memoria lo llevaba a los últimos meses. Al sufrimiento insoportable, haciendo que su corazón palpitase, que sus poros sudasen y que sus manos temblasen.

“¿Qué diablos soy?” fue la pregunta que tanto corrió por su mente como una gacela. Seguidas de otras tan sucesivamente que es un milagro que no haya gritado en medio de la taberna. Pero mientras más tomaba las voces se callaban. Cinco jarras de cerveza y una sexta y media habían hecho su trabajo.

Al darse cuenta, habían pasado un par de horas. Su vista seguía perdida y no se sentía bien. Pero se sentía muchísimo más tranquilo, más despejado. Intentó levantarse, no se quedaría dormido en la barra, donde podría ser robado o asesinado. Lo malo de beber tanto para un aventurero es que no se podría defender en esos encuentros nocturnos. ¿Cuántos matadores de dragones habían conocido la muerte por una hojilla en la garganta mientras dormían?

Se tambaleó, y luego se tambaleó de nuevo. Pero la segunda vez no por causa del alcohol, sino por una mano que lo sostuvo del hombro, y luego otra que le volteó de golpe.

-Tú no vas a ningún lado hijo de puta… -dijo un hombre de un aspecto salvaje, como si hubiese vivido una temporada en los caminos.

Súbitamente la mano de otro hombre lo golpeó con un gancho derecho en el rostro, y el forastero volvió a perder el equilibrio. Luego un tercer atacante lo castigó varias veces en el estómago, sacándole el aire y luego dándole por último un rodillazo que hizo al extranjero caer de rodillas.

-Ugh… –exclamó sobándose la mano –Creo que lleva una cota de malla debajo de la capa.

-Sí… así me gusta maldito. Cae de rodillas como la maldita basura que eres –dijo uno.

-Te pudimos haber apuñalado mientras dormías… pero te querían vivo bárbaro maricón –dijo el otro.

De nuevo el tercero lo castigó pateando al bárbaro, pero este no se inmutó.

El bárbaro levantó la vista. Los tres hombres tenían mala pinta, todos con el cabello sucio y más o menos largo, con barbas de unos cuantos días y con puñales y espadas en el cinto y botas.

El extranjero los conocía bien, sin embargo no sabían que armas el portaba. De la nada volvió a aparecer el guantelete armado y golpeó la rodilla del matón frente a él. La daga y las púas de su guante penetraron la rodilla del malhechor. Inmediatamente después se levantó y arrolló al de la izquierda, y se alejó de sus perseguidores los suficientes pasos para poder desenfundar su mortal acero. d

Sin embargo un hombre saltó a su espalda y lo cogió en un abrazo con el único propósito de no dejarlo desenfundar su arma. Se defendió golpeándole con su brazo izquierdo, el cual estaba completamente vendado con tiras de un aspecto ennegrecidas. Le rompió la nariz luego de que el alcohol lo dejó caer en cuenta de que era un hombre de la aldea, de aspecto muy diferente a los asesinos.

“Los deben de haber amenazado… es una trampa” se dijo.

-¡¿Qué esperan?! ¡Carajo atrápenlo! –dijo entre alaridos de dolor el líder.

Los aldeanos retrocedieron mientras se llevaban al hombre que atacó al forastero, pero luego los atacantes se acercaron peligrosamente con sus manos en posición de batalla. De nuevo el misterioso extranjero intentó sacar su arma, pero había reaccionado muy tarde por culpa de la bebida y no lo hizo con tiempo suficiente para poder parar con su arma el corte que hizo con su daga su enemigo más cercano, en la correa de su funda. La vaina se inclinó hacia un lado alejando la espada de su mano, luego una patada giratoria lo golpeó en el rostro. Lo hizo retroceder.

-¡Recuerden que lo quieren vivo! –volvió a gritar el tipo mientras se vendaba la rodilla.

Le dieron otro gancho mientras el se intentaba defender con sus antebrazos, pero sus contrincantes eran buenos en el combate cuerpo a cuerpo, y no solo eso ya que el alcohol volvía a traicionarle. Un alto precio solo para calmar las voces que le acosaban.

Recibió muchos golpes en su rostro antes de que pudiese defenderse de uno con su mano derecha, los nudillos del bandolero se quebraron cuando chocó contra el guantelete. Lo golpeó luego con su mano izquierda justo en la boca, para luego cogerle el cuello y dejarlo quieto para un codazo con su otro brazo que lo tumbó al suelo.

-¡Bah, al diablo con esto! ¡Luego matamos al mago, quiero a este cabrón muerto! –vociferó el compañero del matón derribado mientras que en sus manos se hacía presencia dos largas espadas.

Lo atacó con furia y esgrima notable. El forastero retrocedió pero tropezó cuando el hombre que derribó hacía segundos le metió el pie. Cayó hacia atrás mientras el tipo que sostenía las espadas saltaba hacia él. Rápidamente cogió una silla que yacía tirada desde que los parroquianos escaparon, y la interpuso entre él y su ahora fallido asesino. Lo sostuvo por unos tres segundos antes de usar toda su fuerza para empujarlo. El bandolero retrocedió unos metros y cayó detrás de la barra al tropezar con esta.

Su próximo enemigo cargó hacia él con sus dos sendos machetes en cada mano, pero respondió esta vez arrancando su espadón de la correa que sostenía la funda y golpeando con la espada enfundada como si fuese un palo la cara del hombre.

Recuperando el control nuevamente puso por fin su hierro en alto.

-¡A la mierda con la recompensa! ¡Matémoslo! –dijo el hombre de los machetes con la cara repleta de sangre.

-¡No! –gritó el líder.

Las espadas comenzaron la danza letal. El sonido del metal contra metal inundó la taberna. El extranjero era un amo de la espada, o por lo menos muy pronto sería uno. Su contrincante era un vociferador, un gritón que movía sus espadas de lado a lado; peor aún, con los nudillos de una mano rotos y la cara empapada de sangre. Sin embargo, poco después de que empezó, el que estaba detrás de la barra se levantó y acudió a la ayuda de su hermano en armas, junto con una rodilla más o menos vendada se unía también el líder.

-Estás rodeado perro Alhaní…

El Alhaní miró a los dos lados. Pronto con un manotazo apartó varias mesas mientras que sus tal vez futuro asesinos se acercaban con las espadas en posición.

El momento era perfecto. El corazón latía con fuerza, pero más que todo por la ansiedad. El éxtasis del combate. Atacaron dos, los que estaban sanos con sus bravucones ataques. Los cuatro filos cargaron, cada uno a cada lado. Pero el Alhaní dio un paso al frente y dio un poderoso golpe con su espada que barrió con el de la derecha de tal manera que tuvo que bloquearlo con sus dos sables. Luego el hombre de las dos espadas rectas aprovechó la oportunidad, sin embargo se encontró una espada bloqueada por el guantelete armado, y la otra sin hacer corte alguno en el vientre del bárbaro. La capa se rasgó y la cota de malla negruzca apareció en escena.

Dio un molinete con su brazo armado y logró desequilibrar a su enemigo, luego lo cogió de muñeca y lo arrojó hacia él, justo a tiempo ya que a la vez había separado su espada de la parada doble de su otro enemigo y la preparó para atravesar el estómago.

Frrssshshss fue el sonido obtenido, cuando el espadón atravesó la carne, destrozó la vértebra y salió por el otro lado del cuerpo. El desdichado vomitó sangre mientras que era arrojado a un lado. La espada empapada de sangre buscó a otro enemigo y logró esta vez a atravesar la defensa del otro hombre. Haciendo que la punta de la espada se insertara profundamente en su hombro.

Pero los gritos de dolor no le importaban, estaba en un frenesí callado pero no menos extasiado que los otros. Pronto volvió a la realidad cuando una daga voladora atravesó su hombro izquierdo.

-Que mal… fallé. –Dijo el último sobreviviente mientras se acercaba con su espada y otra daga en sus manos –pero no te preocupes perro Alhaní…no volverá a pasar.

La danza de espadas empezó de nuevo, pero esta era una más hermosa, más grácil que la anterior. Más mortal, si cabe…

La punta del estoque rozó el cuello envuelto por la capa del extranjero, la daga buscó hundirse en su costado pero fue detenida por el guantelete justo a tiempo. Sin embargo, no había espacio para usar su gran espada y empujó al hombre hacia delante arrollando a su contrincante y obligándole a retroceder y a soltarse del agarre. Se movía bien para tener la pierna herida. La adrenalina suele causar eso…

Había perdido la daga, justo antes de que un poderoso barrido con la mortal espada del Alhaní hiciese su estoque volar hasta el otro extremo de la pocilga.

-¿No es aquí cuando me dices que puedo rendirme? –dijo el canalla mientras que sus ojos inspeccionaban en busca de cualquier arma y daba prudentes pasos hacia atrás.

-No se cuales sean vuestras costumbres –respondió sin tratar de esconder su acento ya –pero de donde vengo, un insulto como este se paga con la… ¡MUERTE!

El bárbaro Alhaní cargó en furia y lanzó un poderoso corte vertical, falló pero el suelo de madera quedó destrozado.

El asesino lo había esquivado rodando hacia un lado, luego rápido como el propio relámpago sacó una daga de su bota y la arrojó. Falló, el guantelete la capturó en el aire. Sin embargo le generó la distracción necesaria para recoger las dos espadas de sus compañeros.

Pese esto, la estocada que esperaba no vino, sino que una botella voladora chocó contra su rostro y cayó al suelo.

El misterioso extranjero guardó su espada en su funda… se limpió entonces las botas con la ropa de uno de sus enemigos. El vociferador sorprendentemente estaba vivo… aunque no por mucho ya que una greba se cernió sobre su cráneo. Ahora su ropa estaba manchada con sangre de su cabeza.

Dio un par de pasos y llegó a la puerta. De pronto sintió un tirón de su capa de viaje y el ruido del choque de metal contra metal.

La daga estaba contra su espalda, pero no había sangre. La capa había sido rasgada y se cortó mientras el brazo que intentó apuñalarlo caía de nuevo. La rasgada capa actuó entonces como un telón de teatro, revelando por fin la misteriosa forma detrás de ella. El resplandor de las velas se reflejó en el escudo de hierro que el extranjero llevaba siempre en su espalda.

-Creí que era un morral… -dijo el asesino.

-Así como todos… quería primero que te dieras cuenta por ti mismo que soy invencible antes de… antes de matarte.

El extranjero lo levantó y lo golpeó contra la pared. Dejó entonces que el fallido asesino viera sus ojos mientras lo golpeaba repetidamente en el vientre con su puño derecho, haciéndole trizas los órganos.

El tipo calló, y el extranjero se giró para observar su obra.

“¡En guardia!” gritó la voz en su mente.

La explosión lo sorprendió y cayó varios metros, entre las mesas desbocadas.

-Imashen, Dragón Caído… perro Alhaní por fin te encuentro –dijo el hombre de los ojos poderosos.

El mago caminó entre los escombros y las llamas, mientras su túnica ondeaba de la misma manera que el fuego. Una joya entre la costura, una túnica escarlata con negro y oro entre sus adornos. Las llamas lamían las puntas pero no ardían. Su rostro fue iluminado mientras entraba, dejando ver una cara anciana, sin barba, sin cejas, y con maquillaje alrededor de los ojos, y tatuajes rúnicos por toda la piel. Sus ojos eran amarillos y transmitían poder por donde se viese.

Imashen se levantaba pesadamente de las mesas desbocadas y se alejaba de las pequeñas pero crecientes lenguas de fuego que las devoraban.

El calor era sofocante, y pelear contra el hombre de los ojos poderosos requeriría todo el aire que pusiese obtener. Arrojó el sombrero a un lado y luego se quitó la capa, revelando por fin su rostro al Basilisco Bien-Muerto.

Su cabello era largo y negro y tenía un montón de nudos y grasa, sus ojos eran verdes grisáceos, sin embargo estos no eran los rasgos característicos de su rostro, ya que tenía la cara tatuada con runas negras alrededor de los ojos y a través de los pómulos hasta su cuello.

Respiraba ahora con dificultad, pero no tan solo por la adrenalina del combate anterior y de haber sido impactado por una explosión que derribó toda la pared del Basilisco. No, su miedo era más profundo que eso, más profundo que instintos de supervivencia, de los que nos agobian en momentos de peligro. Su miedo latía por el pavor de ser atrapado de nuevo, de volver a los horrores de la celda, de los experimentos y las torturas… del combate en el coliseo, pero claro también se le añadía su sed de magia.

Tantos meses sin probarla, y ahí se le paraba en frente una gran fuente de poder mágico… una gran cantidad de luciérnagas. Solo tenía que vencerlo y toda esa magia sería suya.

La risa demencial tronó entre las llamas.

-¿En verdad creías que yendo al oeste escaparías de la ira del inmortal? –preguntó más para sí. Se detuvo y apoyó en el bastón por un momento –Déjame recobrar el aire… es que es increíblemente gracioso de veras… Tu… un perro Alhaní creyendo poder escapar y ocultarse de los poderes a los que sirvo.

-No me oculto… solo… tan solo gano terreno –respondió Imashen mientras se posaba en su oxidada espada. La sed de magia secó su boca, no salivaba y comenzó a sudar un líquido frío y glacial. Lo sentía, sentía la extraña sensación de vértigo y como su columna vertebral se ponía rígida… Luego comenzó a ver de manera inusual, y no borroso, no. Ahora veía las motas azules, las luciérnagas… los espectros de magia danzando. Las podía ver dentro de su enemigo mortal, circulando sus venas, acumulándose en su privilegiada (pero aún así malvada) mente. Proyectándose en sus ojos amarillos, del pacto con el demonio que seguro cometió hace tiempo. Se acumulaban también en los dedos… y la túnica que no ardía con las llamas las sudaba constantemente.

En ese momento extendió su brazo izquierdo, el brazo vendado con esa tela inmunda. Y lo acercó a su mano derecha que lo apoyaba en la espada, arrancó entonces las vendas y dejó desnudo su antebrazo. Los tatuajes negros recorrían su dedo corazón y dibujaban una extraña runa en su mano que seguía hasta la muñeca:

 


 

 

El tatuaje seguía y seguía subiendo por su antebrazo… sus ojos comenzaron a emitir sus luciérnagas propias de nuevo. Explotaron en fuego azul celeste. Y pudo verlas con más claridad… las pudo ver recorriendo su tatuaje, aunque eran pocas.

Estaba sediento de magia, y ya fuese victoria y derrota eso dejaría de importan después de esta batalla.

-Dame… dame tus… ¡Dame tus luciérnagas! –gritó mientras de la nada todos sus músculos respondían en un unísono perfecto. Los de las piernas lograron que recorriera la distancia entre él y el hombre de los ojos poderosos a una velocidad escalofriante incluso con esa pesada armadura.

El mago se acobardó por un leve instante, mientras veía el fuego azul, las luciérnagas en los ojos de su creación, de su experimento. Veía como los ojos emitían violencia de la más salvaje. También veía la espada levantada y dispuesta a rebanarlo por la mitad, pero sin embargo algo ocurrió… como normalmente pasaba.

La figura de negro saltó entre la multitud de fuera observando como El Basilisco ardía. Era una macabra sátira de obra de teatro, la pared derrumbada y el comedor de la taberna eran el set de la obra y el Misterioso Extranjero era el bizarro profeta venido de las profundidades del Infierno y el hombre de los ojos poderosos su mortal enemigo. No era dios, sino otro mal dispuesto a acabar con el Diablo. Dos demonios en una contienda mortal. Pero justo cuando parecía que el Diablo ganaría, la figura de negro se interpuso.

Arremetió mientras el bárbaro cargaba, derribándolo y tumbándolo unos cinco metros de distancia, haciendo que se golpease contra la pared. La risa de un chico carcajeó.

Era el Aprendiz, el tercer actor en este ridículo acto de cuentas pasadas y venganzas pendientes.

Su túnica no era tan glamorosa como la de su maestro, pero al menos estaba en mejor estado que la de la delgada figura en la sotana de negro.

-Roselah… no de nuevo… no puedo… no puedo matarte de nuevo… -las llamas comenzaron a rozar sus botas y a calentar el hierro. Mientras que la figura encapuchada, su Roselah se erguía ante él. Proyectando su sombra.

De la punta de sus mangas estaban largos y putrefactos dedos, huesudos con la carne pegada al hueso y haciendo que pareciesen garras. Debajo la sotana las llamas iluminaron su rostro, pero no tenía rostro. Llevaba una máscara de metal, la de una doncella de hierro pero sin mentón… en su lugar una barbilla huesuda y con dientes afilados y babeantes, venenosos y putrefactos. Su cuerpo era delgado, más allá de lo natural.

El chico rió de nuevo… era calvo como su maestro, solo que sin tatuarse.

-Mátalo…

Antes del que maestro pusiese protestar, la caricatura de Roselah atacó a Imashen abalanzándose sobre él con sus garras dispuestas para matar. No había tiempo para coger su espada, solo había tiempo para poder interponer sus brazos entre boca babeante y su cuello. Le cogió las muñecas a Roselah y comenzó a hacer fuerza contra ella. Siempre fue más fuerte que ella en las vencidas. Él portaba la gran espada de hierro, y Roselah llevaba el arco y lo utilizaba con gran precisión, Luchlach las dos hachas de acero y Ebreré las dos dagas.

Había otros claro, pero sus rostros y nombres poco a poco se borraban en su memoria. ¿Cuánto tiempo pasaría para que olvidase a su amor Roselah, el hermano de ella Ebreré y a su capitán Luchlach? No podía decirlo, la doncella de plata siempre parecía tener más importancia en sus pensamientos que los demás. Y si agregabas los recuerdos del laboratorio oscuro, la celda y la arena… pues…

Volvió en sí, al instante y escuchó la voz: “Déjate ya de las estupideces, esa perra ya no es Roselah, es tan solo una burla de su persona… una caricatura. Mátala. Aplástala… ¡DESTRÚYELA!”

Su cara estaba empapada de saliva, y volvió en sí. Las manos apretaron involuntariamente, pero lo hicieron con fuerza rompehuesos. Y así lo hicieron, quebrando las muñecas del muerto viviente y luego haciendo fuerza para empujarla. Pudo entonces moverla hacia un lado y patearla hacia las llamas. Se paró rápidamente y miró desafiante a los dos magos. Pero solo por un instante, ya que Roselah se levantó como cuando hacen los lobos luego de patearlos. Lo arroyó de nuevo, pero esta vez no lo tomó por sorpresa o con los pies en carga sedienta.

Con su armadura y grebas de hierro y el escudo de acero en su espalda era muchísimo más pesado que el cadáver de su amiga. Pudo sostenerla y golpearla brutalmente con su mano derecha y derrumbarla. El sonido del metal contra metal ocurrió cuando golpeo la máscara ardiente.

Se arrepintió… no quería verle el rostro.

La sola visión hizo que le diesen ganas de vomitar… la sola burla de un rostro una vez tan hermoso lo hizo encabronarse más allá de lo impensable. Un insulto, una bofetada a la diosa en sus perfectos pómulos.

-¡Malditos, los mataré a todos!

-¡Acaba con él de una vez! –dijo el aprendiz con los ojos desorbitados. Nunca había presenciado a alguien pelear así contra un muerto viviente.

Había una mesa en pie y el cadáver levantó sus brazos y luego hizo que las muñecas se estrellasen con la madera, las manos se desprendieron y quedaron estacas irregulares de hueso en sus muñecas.

El Alhaní miró a todas las direcciones, buscando posibles armas. Su espada yacía a unos cuantos metros, y no le alcanzaba el tiempo.

Rosalah atacó con sus estacabrazos con un frenesí no-natural pero fueron detenidos con dos espadas largas que salieron de las fundas del cinturón de Imashen. La danza de hueso y hierro empezó, la tercera danza en esa noche… y la última.

Los muertos vivientes no eran nada contra la pericia salvaje del Alhaní y pronto… con gran pesar Imashen hizo añicos al cadáver de su primera mujer. Un corte en el cuello, otro en un brazo, uno en el hombro y por último una patada que la hizo retroceder, luego arrojó una espada y se la clavó en un seno marchito dejándola atascada en la pared. Finalmente cargó hacia ella y le insertó la segunda espada en su vientre… sería la última vez que la penetrase.

La muerta no podía salir, pero seguía retorciéndose ahí donde estaba.

Los magos seguían ahí, observando.

-Dioses de la Guerra les invoco. Mi espada está a mi lado, busco una vida de honor, libre de todo falso orgullo. Quebraré el látigo con un poderoso y firme saludo. Cobíjenme con la muerte, si es que logro fallar.

Pero los magos rieron, burlándose de sus ritos e iniciaron los propios.

Unas cuantas palabras inteligibles y de las manos del aprendiz salieron chispas.

Pero los reflejos salvajes fueron más rápidos que los novicios relámpagos del aprendiz, e Imashen, el Misterioso Extranjero logró esquivarlos lanzándose hacia un lado, luego saltó detrás de la barra mientras las decenas de botellas de licor explotaban al ser impactadas.

“No te escondas, ¿escaparás de la magia cuando ella es tu arma?” La voz comenzaba a ponerse realmente fastidiosa. “¡Luchad!” Pero podía tener razón. Hace meses la magia cruzaba por él como un filtro de agua, no le dañaba y le revitalizaba.

¿Ocurriría lo mismo luego de tantos meses sin probarla?

-No se hace así, tienes que preparar el conjuro para que sigua el metal de las armaduras… observa… -La situación también era una insana parodia de un padre y un hijo cazando, sin embargo el misterioso extranjero no se perturbó por estas ironías (aunque siempre fue su sentido de humor favorito) y se levantó de golpe con los brazos extendidos y los músculos tensados.

Todo pasó en un instante, el hechizo del mago fue conjurado y el relámpago blanco atravesó la sala en un segundo. Imashen no tuvo tiempo para dudar si podría absorber el conjuro de un experto, o incluso si tenía el poder de hacerlo después de tanto tiempo.

Sin embargo lo hizo, se puso frente al destino y se las jugó todas, mientras que la voz (ahora mucho más retumbante) susurraba y reía a carcajadas con esas vocales de otro mundo.

Las luciérnagas fueron absorbidas por los tatuajes, sus ojos emitieron su fuego azul con un resplandor más fuerte mientras que los músculos cansados se reponían instantáneamente. Era como bañarse en luz bajo el césped después de una tormenta. El cuerpo se llenó de un calor extraño… bizarro. La magia y las luciérnagas recorrían todo su cuerpo conducidas por el misterioso tatuaje. Su pecho se expandió y tuvo que aferrarse las manos al pecho.

Luego de recorrerle el cuerpo, toda esa magia pugnaba por salir… extendió la mano y…

Lo último que vio el joven aprendiz fue un azabache blanco azulado que consumió su cuerpo. Ni siquiera su túnica que lo protegía contra las llamas sirvió de mucho. Las llamas lo abrazaron y las luciérnagas lo devoraron. Su cuerpo quedó idéntico al de Roselah, consumido completamente.

La respiración se volvió menos trabajosa después de que toda la magia salió de su cuerpo de nuevo… era extraño. Siempre por un momento se sentía bien cuando la dejaba libre, pero luego volvía a querer tener más en su interior.

Las luciérnagas de sus ojos poco a poco fueron muriendo, yacía apoyado de la barra sudando por todos sus poros.

No se pudo preparar para lo que venía.

De pronto su cuerpo se sintió más ligero después de más palabras inteligibles. Flotó unos centímetros y sus brazos fueron separados de la barra con fuerza invisible. Como si unos hilos lo manipularan. La extraña presión aplicaba más fuerza sobre él y lo arrojó hacia las pocas botellas intactas.

Ahí estaba el mago, con su mano en el aire y sus ojos dorados refulgando con poder.

-Ahora… no te crees tan listo de seguro –lo arrojó entonces contra la pared, lo levantó y lo azotó contra el techo, para luego hacerlo rodar por la barra y caer sobre varias mesas, todo esto siguiendo los movimientos con la mano del mago.

Luego lo trajo hacia él.

-De rodillas… -le ordenó.

Guiado por la fuerza alienígena, el cuerpo del misterioso extranjero se dobló y acomodó para ponerse de rodillas, pero esta vez hubo más resistencia.

-No…

-¿Cómo?

-¡No! -“¡No!” gritaron los dos al unísono.

La fuerza fue absorbida por los tatuajes y los ojos de Imashen volvieron a explotar en fuego.

El mago no tenía armas más que sus conjuros, pero parecían inútiles contra el Alhaní, sin embargo siguió lanzándolos. Uno y otro fueron absorbidos, mientras el misterioso extranjero avanzaba pesadamente. Sin embargo parecía haber un límite de magia que podía absorber porque el último relámpago lo golpeó en lleno y se estrelló contra la pared, las botellas y los escombros le cayeron encima y lo bañaron en licor y el vidrió le hizo varias cortadas superficiales en su rostro.

La sonrisa de incredulidad que se dibujó era la de un hombre desesperado y que creyó estar apunto de morir… avanzó lentamente mientras veía los destrozos causados en la taberna. Allí, detrás de la barra de seguro estaba el cadáver del Alhaní.

En efecto estaba tumbado y el mago lo pinchó con su báculo antes de estar seguro.

-Cumpliste tu único deseo, no ser capturado vivo… y por eso me quito el sombrero guerrero Alhaní –sacó entonces un viejo pergamino de su túnica – tal vez como muerto viviente todavía seas útil… más dócil también… ¡levántate mi bestia!

El corazón empezó a latir mientras musitaba la letanía del largo conjuro, extendió su mano y vio la máscara de pavor en el rostro del mago antes de que las llamas lo devorasen.

No tenía precio.

Luego con pesadumbre, se levantó. Cojeó por los huesos rotos que le causó la sacudida y vio a su amada todavía batiéndose en la pared. Cogió entonces su vieja capa del suelo, y la colocó sobre ella mientras su cadáver seguía retorciéndose y gimiendo. La baño en una botella intacta de vino Alhaní y buscó un trozo de madera y lo encendió en una de los tantas lagunas de fuego que yacían esparcidas.

El grito antinatural de dolor, de liberación y de agradecimiento nunca se le borraría de la mente. Hasta la tumba lo recordaría.

La lluvia caía afuera, y la tormenta empezaba a disiparse dejando al descubierto las dos lunas en el firmamento y los millares de estrellas.

Los aldeanos lo veían con miedo y pavor, sin saber en que pensar. Pero como sucedía con la mayoría de cosas a su alrededor a él no le importó.

Solo un pensamiento lo plagaba en ese instante…

Y es que era libre, todo había terminado. Sus perseguidores en los últimos meses estaban por fín muertos. Tanto los supervivientes de la aniquilada banda de secuestradores de nobles, hasta el mago que le escribió esos extraños tatuajes.

Era libre.

Miró hacia los aldeanos, y hacia los edificios.

Su nuevo hogar.

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