Aquí les dejo el primer capítulo de mi libro, cuyo prólogo se encuentra aquí, Mejor prólogo de la historia de la literatura humana escrita, vista y jamás hecha.

Nera corría junto a su hermanito por la colina verde que llevaba a la herrería.

Era una mañana perfecta, sin nubes hasta el horizonte, con una helada brisa matutina, de esas que se te introducían en los pulmones y los expanden. Los cientos de pájaros cantaban en los árboles frondosos que se erguían orgullosos. El pueblo estaba a la mitad del camino entre dos grandes ciudades y había toda cantidad de mercaderes que recorrían el poblado de un extremo a otro, por lo cual se había enriquecido mucho. Los edificios eran de bloques de piedra con altos techos de madera. Los pequeños jardines en las ventanas y en uno que otro pórtico eran una agradable caricia a la vista, y no hablemos del aroma floral.

El pueblo era maravilloso, repleto de vida y paz. Desde luego, cuando uno le perdía el atractivo a los extraños productos de los mercaderes, la vida se hacía un tanto monótona.

Pero eso ya no importaba, ya que el pueblo tenía una nueva adquisición, un nuevo chisme del que hablar por las noches de tabernas (bueno de solo una, la otra; “El Basilisco Bien-Muerto” había sido destruida).

El herrero, o el misterioso extranjero, como lo llamaban algunos. Era el recién llegado. Un hombre, o mejor dicho, un joven extraño que llegó en una noche tormentosa y había luchado contra tres forajidos, dos magos y un muerto viviente. Era callado y se había retirado a la colina que veía al pequeño bolsillo de vida. Trabajaba horas en el metal, y las pocas veces que hablaba era para realizar un trámite. Los habitantes cuchicheaban relatos de quién podría ser este extraño personaje.

Decían muchas cosas. Como por ejemplo que era un romántico paladín que había perdido a su amada, otras que era un mercenario cansado y agotado que se había retirado lejos del bullicio para descansar, e incluso habían rumores de un mensajero de la oscuridad; dispuesto a tragarse a la feliz comunidad en las sombras del infierno. Sin embargo, y no importaba cuanto los rumores se distorsionaran de la realidad, todos tenían algo en común. Y es que era que la raza del extranjero estaba clara; era un Alhaní, y por lo tanto peligroso.

La joven chica estaba en la flor de su vida. Tenía sus cabellos negros largos y brillantes hasta la cintura, unos ojos azules que no tenían nada que envidiarle a las dos lunas gemelas que cabalgaban por las noches de primavera. Su hermano solo tenía siete inviernos en la tierra y la acompañaba a todas partes como una pulga.

La chica recorrió la colina a gran velocidad gracias a sus prodigiosas piernas, era una buena corredora. Su hermano la seguía quejándose por un dolor en el flato y con poco aire.

-¡Apresúrate Neli! –Le gritó desde lo alto – ¡La familia no necesita un debilucho!—se mofaba.

-Ya voy… ya voy –respondía sin aire.

Lo esperó un minuto y luego a que este recobrara el aliento.

La oscura herrería estaba frente a ellos, solitaria y vieja… no había sido usada por la paz que había invadido el reino. Ya la gente no compraba armas para defenderse de las hostilidades. Ya no había ninguna, y prometía permanecer así. Sin embargo la herrería volvió a abrir, cuyo único propósito sería el construir vigas para la nueva y mejorada taberna.

Los sonidos del metal contra el yunque invadía el la colina, y las llamas de el horno emitían caudales de humo negro que ascendía y ascendía.

Nera y Neli entraron cautelosamente. La chica llevaba en una mano una tela roja escarlata y en su otra mano la del chico. Allí lo encontraron, trabajando sin descanso desde que había llegado al pueblo. Su pelo largo y sucio le cubría el rostro y todavía portaba su armadura oscura y oxidada, como si estuviese en luto. Sus armas: la gran espada, los sables gemelos y el escudo agrietado, yacían en una esquina descansando sin vida.

El misterioso extranjero no hizo ademán de saber que estuviesen allí, seguía trabajando con su pesado martillo, el sudor le cubría todo el rostro.

-¿Señor…? –Hizo una pausa, volvió acordarse de que no conocía el apellido del herrero –Señor… señor herrero, hola. ¿Cómo se encuentra?

Imashen, el herrero los miró a los dos mientras seguía golpeando con su martillo. Su rostro estaba repleto de aserrín y sus ojos verdes se posaron en el niño de cabellos negros y despeinados, y luego en su hermosa hermana. La observó desde su cintura y lentamente hacia arriba. Ella no pareció notarlo con todo el humo que envolvía el lugar.

“Visitas, pequeñas y desagradables visitas” Dijo la voz.

El herrero miró hacia los lados buscando la fuente de la voz, pero nuevamente no la encontró a pesar que zumbaba y rebotaba por las paredes, los niños al parecer no la escucharon.

-¡Saluda Neli! ¿Dónde están tus modales?

-Hola, señor herrero –dijo tímidamente el niño mientras se escondía detrás de su hermana.

-Así es… ¿Ves que no es tan difícil?

El niño dio una réplica a su hermana y luego saltó hacia atrás asustado cuando el martillo golpeó más fuerte el yunque.

Había un hedor horrible en el ambiente. Un tufo de sudor, sangre seca y azufre hedía por todo el lugar. Luego el martillo fue arrojado a una esquina y el herrero caminó hacia fuera pasándolos de largo. La niña se quedó imponente a su lado mientras pasaba, con las mejillas sonrojadas. No sabía que sentía por él, si era amor o lástima. “Tal vez” se dijo, “era piedad y cariño al mismo tiempo”.

La brisa atacó la herrería y los malos olores retrocedieron a la fragua mientras las llamas crecían y alumbraban las siniestras armas de acero del extranjero. Neli se acercó a estas disimuladamente mientras su hermana se acercaba a su vez al misterioso extranjero.

-¿Qué quieres? –preguntó a secas.

-Eh… este… quería agradecerle… agradecerle su trabajo aquí para reconstruir el basilisco –dijo la chica sonrojándose mientras aferraba a su pecho la tela roja escarlata.

-No hay necesidad… destruí el lugar. Es lo menos que puedo hacer por que no me haya matado el pueblo entero en el acto.

-No, no. No diga eso señor herrero… usted nos libró de esos malos hombres… –pero el extranjero la interrumpió.

-…Hombres que no hubieran llegado al pueblo si yo no hubiese llegado. Vete niña –dijo mientras se volteaba después de recibir la brisa de la mañana.

El niño seguía inspeccionando las armas y el herrero entró de nuevo.

-No toques eso –reprendió con un susurro Imashen, y el chico obedeció en al instante.

Se sintió grosero por un momento, y para quitarse el peso de la culpa preguntó:

-¿Qué es esa tela que cargas entre tus brazos?

-¡Oh sí! –Exclamó esta –es un regalo, lo tejí yo misma… Para usted. Sé que le gusta el color rojo escarlata. Y perdió su capa cuando…

La chica calló, sabiendo que había metido la pata. Lo único que pudo hacer fue observar como la cara del herrero se ensombrecía.

Los recuerdos de una Roselah viva, alegre y hermosa lo abrumaron. Pasaban ráfagas cortas de tal vez sus mejores momentos con ella. Pero no recordaba mucho. No recordaba nada en absoluto, toda su vida pasada era un borrón de sombras y luces. Como las pinturas de esos artistas que intentan aparentar una percepción inhumana y pintan manchones en el lienzo.

Habían pocos sin embargo, pocos recuerdos que permanecían nítidos en su maltrecha cabeza. Pero poco a poco los olvidaba. Olvidaba las caras de sus antiguos compañeros. Se perdían con el tiempo, en su lugar eran remplazados por una doncella de plata que brillaba con un aura santísima.

-No te preocupes… estoy bien. Gracias por la capa. Aunque no creo necesitarla, no pienso volver a viajar –respondió mientras se miraba las manos y se sentaba en un banquito –pero si el pueblo lo desea, me marcharé en cuanto termine de ayudar.

-¡No, no! No… no piense que lo echamos. Solo es un tonto regalo. Creí que le reconfortaría… discúlpeme. –sus mejillas parecían dos soles en el atardecer.

El joven la miró, vio como ella contemplaba sus pies en una vergüenza un tanto divertida.

“Con que…” se dijo “con que así viven la gente por estos lados, sin mayor preocupación que obsequiar un regalo adecuado…”

-Pero, ¿lo quiere…? pasé unas cuantas horas tejiéndolo. Yo misma pagué la tela, se la compré a un comerciante de paso.

-Lo aceptaré, y me quedaré. No te preocupes.

-¡Excelente! Ahora –dijo examinándolo –hay otro propósito por el que vine.

Imashen la miró con el entrecejo fruncido.

-Tiene que arreglarse. ¡Para el final de la jornada será la fiesta por el regreso del Basilisco!

Ella se acercó al herrero expectante, con un ligero mareo pero con las mejillas ardiendo.

-Olvídalo –dijo él y el ánimo dentro de ella parecía congelarse.

-¿Por qué?

-No quiero… no quiero ir a una fiesta. –“No después de tantos recuerdos” dijo para sí.

La chica se retiró con la cabeza gacha, llamando a su hermano. Se sentía terrible, como un trapo sucio. La brisa le golpeó el rostro e hizo que sus cabellos danzaran. Bueno, lo había intentado al menos. Caminando lentamente hacia su casa, recordó algo, dio la vuelta y dejó en el mostrador de la herrería donde Imashen atendía a los clientes cuando no trabajaba, la capa roja escarlata y una rosa que había recogido.

-Roselah –murmuró esta.

El herrero la veía descender con el crío cogido de su mano. Si ella se sentía mal, no podía evitarlo. Para él eran evidentes los sentimientos que ella sentía, pero no podía darle lo que ella quería. ¿Qué podría ofrecer una carcasa deplorable cómo él a esa chica?

“Nada, absolutamente nada”

“Podría ser tu calientacamas, ¿por qué no seducirla y darle lo que busca?”

Ahí estaba la voz, que carcajeó estrepitosamente dentro los pasillos de su cabeza. Lo volvía loco, lo suficiente para apretar su cabeza con sus manos de espadachín y luego golpear con la frente la pared de madera en un ataque de cólera suicida.

Se desmayó en el acto con un hilo de sangre corriendo por su rostro, naciendo en la frente y desembocando en el cuello.

***

Las sombras lo envolvían en una especie de orgía brutal. Arrodillado donde estaba no pudo pararse y solo se sostenía por la espada que de pronto había aparecido en su mano. Las figuras borrosas danzaban a su alrededor, como cuervos voraces atacándolo de vez en cuando. Atravesaban su cuerpo y dejaban un haz de sangre flotando en el aire de manera exánime, pero no había heridas visibles. Por cada segundo que pasaba nacía una nueva figura saliendo de su tatuaje que resonaba con furia y emitía un brillo azul celeste.

Las runas marcadas en su cuerpo dejaron de resplandecer y retumbar luego de que cerca de una docena de figuras sombrías danzasen alrededor.
Oscuros susurros se escuchaban luego del que el grito del tatuaje terminó. Eran susurros de ira, mal y tristeza. Los cuervos deseaban venganza, ya que estaban atrapados en un lugar ni aquí ni allá, en un ciclo interminable. Por supuesto, no fueron santos en vida, pero cuando tu alma llega a este estado todo recuerdo o razón es arrebatado y olvidado y quedas en una existencia peor que cualquier otro destino, incluso la muerte.

Pronto las sombras se detuvieron, eran figuras encapuchadas con podridos velos y se quedaron suspendidas en el aire mientras observaban al joven y luego gritaron inhumanamente y escaparon.

El suelo retumbó, fuego se disparó y la tierra se agrietó. Las rocas sólido-etéreas salieron empujadas por algo de abajo y las llamas rojas escarlata construyeron un malvado pilar de fuego sobrenatural dando cabida a la gigantesca cabeza de un demoníaco perro, con la piel contraída hasta el hueso creando una terrorífica máscara de muerte. Sus ojos eran rojo sangre con dos líneas de reptil o gato; como prefieran. Tenía decenas, tal vez cientos, de dientes disparejos, rotos, amarillos pero grandes como un puñal de treinta centímetros a excepción de los colmillos que eran curvados como un sable y tal vez del doble de largo que los otros. Su nariz estaba contraída por tal vez los millones de años de terribles olores en el abismo.

Su aliento era fatal, y luego de que sus brazos musculosos y gruesos, como unos troncos de piel roja con pelaje negro disparejo, salieran de la tierra y se apoyaran para poder sacar su musculoso torso con púas de hueso naciendo de distintas partes. Emergió entonces del umbral entre los dos mundos; el mundo de los sueños y el abismo.

Imashen pronto volvió a oler su terrible tufo cuando carcajeó de una manera demencial y sin lugar a dudas fuera de este mundo. Eran una sinfonía de destrucción sin ritmo ni concordancia de tres voces, una aguda y una extremadamente grave que barboteaban cosas inteligibles y una tercera voz que susurraba modestamente entre los pasillos de su cabeza.

“Pequeño bastardito…”

Sus brazos dejaron de apoyarse en la tierra y las garras huesudas cayeron a pocos centímetros de donde Imashen luchaba para levantarse, rasgaron la tierra e hicieron que el perro pudiese acercarse. Ahora más del mundo sombrío que del abismo, el demonio pudo desplegar sus alas de murciélago, que se extendieron tapando el cielo oscuro lleno de nubes dando, si fuese posible, más oscuridad.

Su amorfo hocico se acercó hasta quedar unos centímetros del desdichado y rugió, o ladró, de una manera tal que su tufo hizo que el cabello negro azabache del joven se levantase y sus ojos llorasen. Incluso con los ojos en ese estado, Imashen pudo ver como de la garganta parecía haber una flama, porque toda la boca del demonio brillaba con un fulgor anaranjado, del mismo modo que los hornos de su fragua.

Parecía como si un dragón estuviese apunto de escupir una exhalación mortal sobre él. Por un momento Imashen prefirió que se tratase de un dragón que la terrible criatura que estaba frente a él.

-Tú… -dijo cuando la bestia terminó su macabra presentación.

“Ciertamente”

Las fauces se abrieron de nuevo en un ángulo imposible y arremetieron contra el mortal y se cerraban dispuestas a devorarlo por la mitad.

Despertó, o al menos eso pensó, justo a tiempo.

Era de noche, y él yacía en el suelo con la cabeza quejándose de dolor y el calor de la sangre cruzando su cara como un pequeño y delgado río.

Se llevó la mano a su rostro y sintió el vital elíxir en sus dedos… se preguntó entonces cuanto tiempo había pasado. Frente a sus ojos las sombras danzaban todavía y cada una trayéndole recuerdos. Poco a poco se fue haciendo conciente de ellos y se levantó al instante.

Veía doble, una imagen superpuesta a la otra. La del fondo era su herrería y la segunda era un oscuro pasillo con antorchas en las paredes iluminando pobremente.

Corrió tambaleándose a su despensa, con un desesperado propósito. Pero tropezó muchas veces debido a la poca coordinación que obtenía cuando frente sus ojos habían imágenes tan diferentes. Pronto su cerebro estalló y aparecieron más imágenes: Un oscuro laboratorio, una asquerosa celda, una arena con cientos de fanáticos gritando por sangre, un gigante musculoso de piel morena blandiendo una pesada hacha contra él, y por supuesto otros dos mortales enemigos; el hombre de los ojos poderosos y uno tal vez más aterrador, un pícaro de pelo largo y negro con dos sables en sus manos sonriéndole desde posición elevada.

Difícilmente llegó a la despensa mientras su cabeza ardía por tantos recuerdos simultáneos en su visión. Cerró fuertemente los ojos y cogió una botija de arcilla grande y pesada. Se levantó con ella en mano y le sacó el tapón y la elevó sobre su cabeza.

Litros de licor surgieron como de una herida se tratase y cayeron en su rostro y boca. Tragaba cuanto podía, aunque era más licor que lo bañaba del que ingería. Una a una, las imágenes y recuerdos morían y se borraban. Claro que la doncella de plata hizo una pequeña aparición pero se esfumó tan rápido como llegó.

Bebió tanto licor que empezó a balancearse como un péndulo. Su mente estaba graciosamente despejada ahora y una boba sonrisa apestosa de alcohol se dibujó en su rostro mientras el ardor del vino de fuego abrazaba su garganta. De seguro se bebió de una sentada la mitad de la botija, pero no importaba. Compraría más mañana.

Eso era en lo que gastaba casi todos sus escasos ingresos con su negocio. Licor, licor para matar a su cerebro.

Se arrodilló, más confuso que nunca. Llevaba así tantos meses, sin saber quien era en realidad pero con toneladas de recuerdos azotando su mente. Todos provenientes del imperio corrupto de magos, pero ninguno, o pocos, de su vida anterior a su captura en las entrañas de la “Necrópolis” y el coliseo de gladiadores.

Dio un sorbo más a su botija y la cerró y la guardó de nuevo.

Tambaleándose (esta vez por borracho) caminó hacia su cuarto. Al abrir la puerta que llevaba a su habitación lo golpeó en el rostro el tufo de sus sábanas sudadas e inmundas, y un pensamiento le llegó.

“Tal vez…” pensó “tal vez todo fue un sueño.”

“Eso quisieras”

Miró desesperado hacia su fragua, que seguía con llamas que se rehusaban a morir y brillaban con un resplandor anaranjado falleciente. Miró luego al techo, donde estaban los soportes del techo de su herrería y descubrió un clan de murciélagos que acababan de mudarse, y uno que otro volaban devorando las pollillas y mosquitos que desde hacia años copulaban en el abandonado edificio.

Había una explicación para todo en su sueño, incluso el “inhumano” hedor. Auque… “¿Dónde está el perro?”

Retrocedió, algo más sobrio por la adrenalina y caminó por su desierto negocio. No había nada, y luego lo vio.

Una figura de varios kilos, tal vez llegaba a los cien. Su pelaje (incluso en la oscuridad) brillaba con un resplandor argento (¿La doncella de plata?). Tenía cuatro patas y estaba acostada con el hocico en la tierra. Movió el rabo de un lado otro cuando sus ojos azules refulgentes de resplandor sobrenatural miraron a los ojos verdes e hinchados con sangre de Imashen.

-Yergali… –Fue lo único que pudo articular acercándose y rogando que no fuese una visión de su ebriedad.

El gran lobo se levantó, al parecer lo vigilaba desde hacía horas y esperaba que Imashen notara su presencia protectora. Era gigantesco, parado en dos patas alcanzaba a joven a su rostro.

Le lamió el rostro pero luego retrocedió estornudando.

-¿Huelo mal no es así? –dijo mientras volvía a su cama.

Si un viejo amigo pensaba que tal vez se veía demasiado desdichado, pues entonces se bañaría… pero mañana en la mañana.

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