La segunda lluvia de la semana acariciaba tiernamente la noche a terciopelada con estrellas, esas que no se ven en las grandes metrópolis, mientras los últimos retoques a la taberna se efectuaban para su retorno el próximo atardecer. La luz se proyectaba desde varias ventanas y se veían las siluetas, insospechantes, de la gente trabajando y riendo.

Sus velados ojos se cerraron… respiró hondo y luego soltó un suspiro. Pero nadie se debía dejar de engañar por esta tranquila mueca, ya que su malvada sonrisa se dibujó poco después. Sus dientes eran amarillos y un cabello sucio le tapaba la cara bajo la sombra de la capucha.

Sus dedos daban involuntarios espasmos. Dedos con uñas negras y largas, con las venas marcadas en su piel blanca como la luna, pálida como la muerte.

Su andrajosa ropa le daba el aspecto de un monje humilde. Nada más lejos de la realidad. Podría levantar la mano y borrar todo el pueblo del mapa. Pero no sería conveniente, ciertamente en verdad no le era posible.

Le gustase o no, el hombre encapuchado tenía que ceñirse a lo “legal”.

Sus dedos seguían batiéndose inconcientemente, el poder era demasiado para esta débil carcasa.

Cerró sus puños y rió entre dientes. Se lamió los labios resecos.

Las luces del pueblo le fascinaban. La tranquilidad de estas almas despreocupadas le excitaba. Tanto como el hecho de que los prejuicios contra el alhaní floreciesen en un pervertido jardín.

Lo mejor de todo era que eso no era su obra. Era la obra de la religión.

“Teme al bárbaro”

“Teme al impuro”

“Teme a la tez oscura”

“Teme a los dioses paganos”

“Teme a dios”

-Harían mejor en temerme a mí… -susurró para sí mientras sus lujuriosos ojos se tornaban blancos en placer – ¡Que empiece la pesadilla!

Estiró sus brazos, como cuando un artista se expone ante su público. Y fue alabado, alabado por cientos de voces no escuchadas por lo que tal vez eran siglos.

El grito fue horripilante, cientos de voces de distintos tonos en una sola melodía abismal. Sin embargo el pueblo no percató de la existencia de esta sinfonía de la destrucción.

Comenzó a dar vueltas por todo el pueblo, mientras giraba como bailando con una compañera invisible entre las calles. Se guindó de un poste y danzó en él. Saltó en los charcos. Y corrió como un niño mientras reía. Reía como nunca.

La sensación era tan diferente a lo que estaba acostumbrado. El olor, la ligera brisa, la luz de la luna y la lluvia. Las gotas de agua; lo tan escaso del lugar donde provenía, corriendo por su piel… bueno, no. No era su piel. Pero igual sentía, mucho más de lo que había sentido en tanto, tanto tiempo.

Tiempo: La palabra que más temía. ¿Cuánto había pasado ya? Ni idea. Aunque faltaba poco, un paso más cerca cada minuto que pasaba.

La pequeña rana se atravesó en su camino.

-Después de usted señora… -dijo en una burlesca reverencia.

El anfibio siguió su camino mientras el hombre encapuchado regresaba a al taberna. La silueta de la chica se dibujó esta vez.

Para que todo funcionase ella tendría que morir. No podía dejar que interfiriese. Con esa mirada suya, su silueta perfecta y su largo y sedoso cabello.

-Tal vez… tal vez haya un lugar para ti en mi guión, pero no ahora. Debes desaparecer de él.

Estaba todo preparado. O eso pensaba, ya lo que le fascinaba más de todo era el riesgo latente. La promesa de lo inesperado, incluso habiendo calculado la ecuación cientos de veces, siempre, siempre se podía temer a una falla:

-Libre albedrío…

Todo esto lo llenaba de pasión, de euforia. Lo hacía sentir lobo entre corderos.

-Bueno no exactamente un lobo… un pastor. El lobo se encuentra atragantándose de alcohol en la herrería.

Se dio la vuelta y un gran espasmo recorrió todo su cuerpo. Sangre brotó de su boca, dibujándose en las arrugas de su mentón, irónicamente afeitado a la perfección.

¿Cuánto “tiempo” resistiría más este anfitrión?

***

La gente lo miraba resentida, con prejuicio. Algunos con odio y sed de sangre reflejados en sus ojos claros. Se respiraba la tensión entre el pueblo y el misterioso extranjero a un kilómetro de distancia, y todos paraban sus faenas matutinas para ojear la caminata de Imashen por el bulevar de los mercaderes y negocios. La mayoría de los habitantes, incluso algunos jóvenes, eran más altos que él por una cabeza y media. No solo eso, su tez un tono más oscura que la clara piel de los habitantes se hacía notar.

Además de eso llevaba la misma pinta que había llevado en toda la semana: El pelo sucio y largo, (cosa mal vista entre los hombres del pueblo) y la sucia armadura hedionda a sangre y sudor y alcohol.

En verdad se sentía como un lobo entre corderos. Un lobo cansado y herido entre ovejas resentidas. Los guardias, los perros pastores, lo miraban con recelo y apretaban fuertemente sus lanzas cuando lo veían pasar. Al lobo no le importaba ya que Imashen sabía lo que su violenta raza significó para estas gentes.

Invasión…

En un acto para mostrarle su buena voluntad a todos, el misterioso extranjero había dejado sus armas; incluso su guantelete armado, en la herrería.

Había traído consigo el poco botín que tenía (gastado casi todo en alcohol) que había ganado en sus viajes. Se compraría algo de vestir, jabón y comida sana. Se iría a bañar con agua de un lago cuesta debajo de la herrería y trataría de encajar entre los habitantes. Era su nuevo hogar después de todo…

Pero perra era su suerte, y pronto descubrió en su caminata por el pueblo, que las razas civilizadas del occidente no admitían abiertamente a los extranjeros. A los Bárbaros del este, a los perros alhaníes.

Pero claro, le temían. Vaya que sí. Se apartaban de su camino, sabían lo que era capaz de hacer en combate. Y después de todo, el hechicero del imperio sombrío y sus secuaces murieron a mano del Alhaní. Estaban en deuda con él, y pensaban que era un mal necesario. Además la brecha cultural no era suficiente para que cortaran el recibimiento y cuando Imashen entró en la tienda de la costurera no fue botado patitas a la calle.

-Eh… Bu-buen día… ¿cariño? ¿Qué se te ofrece?

El joven se quitó el sombrero y dio una reverencia leve, la costumbre de donde venía.

-Que el sol ilumine su día señora, vengo a comprar ropa para la reinauguración de la taberna… -Imashen sacó una pequeña bolsa de su cuello, señalándola un poco y haciendo entender, de una manera sutil y nada grosera, que tenía dinero.

-Eh… muy, muy bien… ¿cuáles son tus medidas?

***

Llevaba unas cuantas camisetas, dos pantalones, y un nuevo par de botas de cuero en sus brazos. Caminaba y admiraba el campo mientras se dirigía a la herrería.

Yergali le esperaba en el umbral de esta, alto y fuerte moviendo su perlada cola.

-Buen día canucho. ¿Ya comiste? Mira voy a dejar esta ropa aquí e iremos a buscar algo de agua. ¿Te parece?

En la tienda dejó doblada su nueva ropa, yendo luego a su lugar de trabajo para dejar en una cruz su cota de malla.

Olió su axila y supo entonces que el baño era lo que más necesitaba. Mientras salía giró la cabeza a su gabinete con alcohol. No lo necesitaba, no dependía de él. No marcaba su vida.

Los cuatro potes de madera estaban en línea, con sus astas alineadas. Cogiendo una vara recta y sencilla el misterioso extranjero la pasó entre los potes y luego los levantó. Dos de cada extremo y apoyándolos en sus hombros.

Bajaba por la cuesta con Yergali siguiéndole, admirando el cambio de su amigo.

Con más fuerza volvió el sentimiento filosófico del lobo. A veces pensaba que su vida era un guión mediocre. Pero todo había terminado ya y podía retirarse a descansar por fin.

-¿Hemos pasado mucho, eh?… mucho para llegar a este momento. Puedo sentir, viejo amigo, la brisa recorriendo mi cuerpo. He sido un prisionero, a pesar de haber escapado hace meses de la oscuridad del coliseo. Fui un prisionero hasta ahora. Siento con más, con más de no sé qué. La brisa me acaricia, el sol matutino me lame. Y te apuesto que esa agua está fresca como ninguna que hemos probado.

El lago estaba frente a ellos. Las montañas atrás y el cielo reflejado. La primavera había sido generosa este año. La neblina matutina lo rodeaba todo.

No pudo resistirlo, sencillamente era imposible. Tantos meses encerrados, tantos meses escapando. Y una semana confinado en la herrería sin poder apreciar su nueva libertad.

Hasta ahora.

Su cuerpo fue devorado por las tranquilas aguas. Le fue devuelta la vida perdida. El frío quemaba su piel, pero estaba acostumbrado. De alguna manera lo estaba.

Fue yendo más profundo y más profundo por su clavado, hasta la profundidad de los peces.

Abrió los ojos bajo el agua y vio la superficie de cristal, el sol siendo reflejado y el zafiro cielo. Sentía su fuego maldito extinguirse bajo la helada agua. ¿Sus tatuajes se borrarían? ¿Su maldición sería levantada?

Sentía las luciérnagas recorriendo su cuerpo, eran pocas pero quedó un poco del combate contra el mago. Las canalizó a las puntas de sus dedos y la llama surgió.

Increíble, bajo el agua la llama azul vivía. Cerró su mano y esta siguió viva, sus llamas lamiendo tiernamente.

Pero el combustible mágico se acabó, y las luciérnagas dentro de él murieron, al igual que la llama. No importaba. Era hora de salir.

Fue como un nuevo nacimiento, otro más. Ya le había pasado, pero el segundo fue oscuro, el tercero estaba lleno de vida al igual que el primero.

Yergali veía a Imashen dejarse llevar por el agua. Era lo más tranquilo y en paz que lo había visto nunca.

El ladrido del lobo invernal despertó el trance, y el misterioso extranjero decidió que era hora de volver a la herrería.

Dio unos cuantos largos y en la orilla llenó sus baldes de madera.

-Vámonos…

***

Había llenado un gran balde de madera con el agua que había recogido y se había bañado allí. Más limpio de lo que había estado en meses fue a recoger su nueva ropa en la tienda. Descubrió entonces mientras se vestía la capa confeccionada por Nera.

-Vaya…

Vestido y con la capa de Nera como paño fue a descansar en el pasto junto a Yergali.

-¿Muerde?

Imashen volteó y vio a la chica de nuevo, con distintas flores en sus manos.

-No si yo lo ordeno… -el lobo le lanzó una mirada reprochadora, pero sólo le sacó una risa a Imashen. Le encantaba este juego de engañar a todos que él era el amo del animal, cuando en verdad eran compañeros.

La chica se acercó, había venido sola esta vez y lucía un hermoso vestido verde. Estaba impactada viendo al herrero con su aspecto tan cambiado. El pelo seguía pesado por el agua y las ropas grises pero nuevas le daban un aura tranquila, que era a su vez impactante.

El herrero tenía una ramita en su boca y la mordía, y a pesar de sus siniestros tatuajes en el rostro, su aura amenazadora había desaparecido.

-Veo que se bañó señor herrero… -dijo acercándose y sentándose a su lado.

-También lavé la armadura, pero no creo que tenga que utilizarla nunca más. Gracias por la prenda, niña.

La chica sonrojó y miro hacia otro lado.

-¿Esas flores son para mí? No vas a ganar mi afecto con eso, no soy una mariquita. Pero gracias de todos modos.

Nera soltó una risa tímida.

-Voy a tomar el día libre, pero quiero estar solo con mi perro. Iré a la fiesta del Basilisco, no te preocupes. ¿De acuerdo?

-De acuerdo señor herrero… -dijo radiante mientras se levantaba y dejaba las flores en el mostrador.

-Mi nombre es Imashen… -le dijo mientras se marchaba y Nera le devolvió una sonrisa capaz de curar enfermedades.

Se sentía culpable por darle esas esperanzas. Después de todo él era un hombre bastante jodido y nunca, nunca sería lo suficientemente bueno para una chica así. Lo más seguro es que se hubiera enamorado de él por el misterio, eso era todo. Cuando comenzara a vivir tranquilamente en el pueblo seguro que se le pasaría…

-¡Mañana antes de la fiesta le mostraré la villa! ¿De acuerdo?

El respondió afirmativamente sin pensarlo, aunque se arrepintió después. Cuando la chica se había marchado no pudo evitar sentirse preocupado.

Se sentía como un lobo entre corderos. ¿Podría vivir entre ellos?

“Deja de engañarte…”

La voz de nuevo, no pudo evitar levantarse asustado…

Lo que no sabía es que había dos lobos en la misma granja.

***

El sol del mediodía brillaba entre las hojas del bosque.

Sus pesados pies hacían tronar la tierra, y sus largos brazos apartaban los árboles a su alrededor con fuerza sobrehumana. Sus ojos eran dos líneas de gato en rojo sangre. Su pelo gris y sucio era largo y lleno de hojas secas. De piel gris y su cuerpo musculoso pero delgado y cerca de cuatro metros de estatura.

-Veo que has llegado… intuyo que te has pensado la propuesta que te dije…

El hombre encapuchado había aparecido detrás de un árbol, con su sonrisa amarilla y su mentón recién afeitado.

El gigante gruñó en respuesta y cogió sus dos grandes hachas amarradas con cadenas a sus antebrazos.

-Oh vamos… se que puedes hablar maldito ignorante.

-Estoy hambriento… -su gran sombra oscureció la silueta del hombre.

-Pero yo no soy alimento para ti, maldito estúpido. El alhaní lo es.

-Sigues hablando del bárbaro… ¿ser él una presa digna?

-Mejor que cualquier aldeano o militante de esta pequeña villa. ¿Querías una presa? Yo te la doy.

-Sí, sí… tu darme presa, ¡yo matarte en recompensa!

Todo pasó muy rápido para los ojos entrenados de Vuljáh y cayó en el suelo con un gran hoyo en el cráneo.

-Estúpido, estúpido troll… Levántate y haz tu cacería. Si quieres me puedes cazar luego, pero antes caza al bárbaro. Si no puedes contra él, nunca podrás conmigo.

El hueco sangrante en la cabeza de Vuljáh se cerró lentamente y pronto el gigante se levantó de nuevo.

-El pueblo no será problema contra ti…

-Noche, noche será el momento.

-No… mañana en la noche. Cuando todos estén distraídos y borrachos en la fiesta. Tendrás al misterioso extranjero para ti solo. Un combate digno… oh, y no te dejes engañar por su estatura. Será más pequeño que los soldados pero es más peligroso.

-Lo aplastaré con mis garras pequeño humano… y luego matarte a ti –el cazador lo amenazó con sus largos dedos terminando en uñas verdes y de diez centímetros. Se agachó y sus rostros estuvieron a narices de distancia. La larga nariz del gigante olfateó al hombre encapuchado.

-Ya vete a tu cueva mugrienta, y que no se te suba a la cabeza tu capacidad de curarte, eso no te ayudaría contra mí.

El gigante se marchó, esta vez silencioso como una sombra.

Nada le asqueaba más que tratar con tales sujetos. Era un alivio no tener sentido del olfato, ya que la bestia apestaba a mil rayos. Sin embargo Vuljáh era un cazador de hombres extraordinario. Si mataba al alhaní, sería su presa número cien.

SI lo mataba…

Caminó por el bosque tranquilamente en dirección a la capilla. Era un hombre de fe después de todo.

Imashen era su tercera opción. El tercer peón prometedor de los tres hermanos, pero si no lograba sobrevivir contra un bruto, entonces no valía la pena.

Hasta ahora el mayor prometía bastante, pero no podía dejar atrás al pequeño Imashen.

Para cuando terminase con este pueblo, dos hermanos se enfrentarían en duelo.

-Oh, toda esto está bien interesante… — el hombre encapuchado sacó entonces un par de revólveres artesanales y con cañones de cuarenta y cinco centímetros. Uno de ellos botaba humo.

Claro que las jóvenes promesas necesitan una ”ayudadita”.

-Todos son igual de estúpidos –dijo el sujeto de cabello largo y negro.

-Naturalmente, por eso viven en cuevas –respondió divertido el encapuchado.

-¿Lo hará?

-Por supuesto, veremos si tu hermano está listo para el reto.

-Ese hijo de perra pagará por lo que hizo… si no en manos del gigante, en las de mis hombres. –gruño mientras se pasaba sus dedos por una fea cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo hacia su mejilla. Sus ojos verdes resplandecían furiosos.

-¿Y si mata a tus hombres? –preguntaba mientras caminaban por el bosque.

-Pues que el liche se encargue de él. Tiene tantas ganas de matarlo como yo.

-El liche quiere esclavizarlo, no matarlo. Sólo conseguirás tu venganza si te ocupas al final de él.

-Como sea… ¿qué importa? No soy de esos. No llegué hasta aquí ocupándome yo mismo de los combates. Hay gente que quiere hacerme el favor.

-Te recuerdo que tu banda es una sombra de lo que era… no creo que haya ninguno con la habilidad de hacerle frente, no en pelea justa.

-¿Y desde cuando Los Cuervos Susurrantes son conocidos por la lucha justa? –respondió el asesino con una mueca.

-Puede ser… -pero el truhán se detuvo. Y el hombre encapuchado se encontró al girarse con una espada exquisita apuntando a su pecho.

-Todavía no me fío de ti, y de tu capacidad para “apagar” mi habilidad.

-Vamos, vamos. Sabes que es inconciente. No lo hago porque quiera.

Reslatbalt lo miró desconfiado.

El hombre encapuchado siguió su camino.

-No te pareces a tu hermano… eres más alto y menos honorable. Sin embargo los ojos verdes, el carácter y el cabello te delatan. Son como dos lados de una moneda.

-Cállate… estarás vigilado, no habrá hora en la cual no haya un cuervo vigilándote.

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