Las calles estaban infectadas por los gritos de la fiesta arruinada. La gente se refugiaba mientras el misterioso extranjero corría entre los edificios. Todo era un caos sin control.

La noche no podía ser peor.

El extranjero se recostó en la pared de un callejón. Respiraba con dificultad de la imperiosa carrera que había dado y pegó una de sus nuevas armas al pecho.

Eran dos revólveres artesanales con tocados de madera tallada y oro.

Espero unos segundos y luego…

¡PAM, PAM!

El gigante retrocedió e Imashen volvió a correr por las calles.

Había dejado sus confiables armas en la herrería, y si no hubiera recibido las dos armas de fuego ese día, no hubiese sobrevivido desarmado contra un gigante, el cual parecía que respiraba por el sólo propósito de darle muerte. Había usado una ballesta en sus tiempos de huida del imperio del este, de La Necrópolis, y se había adaptado ya al peso de sus nuevas y avanzadas armas

¿Por qué se había confiado? ¿Es que no había aprendido nada? Toda su vida estaba repleta de desastrosos finales a los comienzos prometedores.

Lo sabía, no era posible haberlo olvidado.

-¡Dejarg de ezcondergte! Olertge puedo… -exclamó su cazador en pobre Decerantino.

-Yo también puedo olerte mal nacido… a un kilómetro de distancia –pensó Imashen –siete balas: tres en una, cuatro en otra.

Llegó al otro extremo de la callejuela y avistó su herrería a la distancia, sobre la colina a las afueras del pueblo.

-Solo un poco más…

El grito le hizo mirar hacia atrás.

La delgada, sombría y musculosa criatura yacía sobre un tejado preparada para saltar. Sus brazos y piernas eran largos y solo tenían tres dedos en los pies y cinco largas garras en cinco larguiruchos dedos en cada mano. Su piel era gris y el cabello de una tonalidad viscosa. Sus ojos brillaban excitados por la pasión de la cacería. Llevaba ya sus atuendos de guerra; huesos de distintas presas utilizándolos como coraza y una diana de plumas de distintas aves. En su espalda había una aljaba repleta de jabalinas todas emplumadas y con puntas de piedra.

Pero sus armas más letales eran el par de hachas en cada brazo. Amarradas a sus muñecas por gruesas cadenas oxidadas.

En verdad era una terrorífica visión.

En ese momento llegaron los dos guardias.

-¡Por Armeryl! –Gritaron mientras cogían sus ballestas y apuntaban.

-¡Intergrgupziones no! –sentenció la bestia.

-¡Corran! –gritó Imashen.

Vuljah cogió una de sus lanzas y la arrojó con fuerza sobrehumana mientras las dos saetas eran disparadas hacia él. Un guardia cayó atravesado en lleno por la jabalina mientras las dos flechas impactaron a su objetivo sin inmutarlo.

-¡Ja, ja! Menoz uno…

A tiempo que el troll cogía otra lanza, el soldado buscó su escudo completamente aterrorizado.

-¡No! –Imashen disparó, mientras que la lanza volaba de nuevo.

Los sonidos fueron fuertes, todos al mismo tiempo. La carne siendo abaleada por una ráfaga de proyectiles, el sonido de un escudo penetrado y el grito de un hombre muriendo.

Imashen estaba tan furioso que se encontró apretando los gatillos en un desesperado frenesí, segundos después de la ráfaga de balas.

Incluso con su gran resistencia física y sus gruesos músculos y piel, Vuljah se encontró tambaleándose y con chorros de sangre verde manando de sus heridas. Casi todas las balas le habían impactado.

Trató de convencerse de que no pudo haber hecho nada por los soldados mientras corría a toda pierna hacia la herrería cuesta arriba.

Su sexto sentido de guerrero le avisó justo a tiempo.

Se giró en sus talones y movió su cuerpo girándose hacia atrás mientras una lanza malintencionada le rozaba su estómago y se hincaba en la tierra. Había presentido demasiado silencio, y había pasado demasiado tiempo desde la balacera.

Sin embargo el movimiento lo hizo caer a la húmeda grama y se encontró indefenso ante la embestida aplastante del gigante mientras se abalanzaba sobre él, triunfante.

Si no fuese por la gula, Imashen estaría muerto para esta hora.

Intentó morderle el rostro para acabar con él, olvidando sus hachas y garras. En un acto instintivo, el misterioso extranjero se defendió con sus revólveres. Los cañones se clavaron en el rostro de su enemigo. Uno en su ojo izquierdo y otro en un orificio de su nariz.

Aunque no eran suficiente daño por si solos, si estaban casi al rojo vivo.

La baba del cazador le caía en el rostro, y estaba casi seguro que se desmayaría por el olor de casi cien cadáveres devorados. Se juró que no sería ese número cien.

En la tenue luz de las lunas, pudo verle el rostro al monstruo. Tenía una larga nariz, los ojos de gato y los comillos amarillentos y putrefactos.

Imashen se preguntó, como carajos su perfecto día había terminado así.

***

El edificio estaba frente suyo como la ominosa sombra de una nube. Le atormentaba desde que le había visto a la lejos, pero siguió caminando, hipnotizado, mientras Nera lo guiaba hacia éste, por el recorrido que le había prometido el día anterior.

Era como una burla a todo lo que había vivido, justo ahí el edificio de piedra blanca con portones y gárgolas, amenazando silenciosamente. Una montaña, un gigante a la distancia.

-Esta es nuestra iglesia señor Imashen. Donde rezamos Al Crucificado.

Imashen no podía creerlo, tan solo no podía.

Conocía algunos detalles de la historia de su pueblo, ya que en sus viajes se había hecho con algunos libros de historia, absorbiendo toda la información de su tierra natal como fuese posible. Conocía entonces la gran cruzada y de sus intentos para aniquilar las diosas alhaníes.

Conocía también la gran máquina de guerra de los reinos occidentales y de cómo habían ignorado al imperio del este en su inquisición brutal.

Y ahí estaba el edificio, erecto frente a él, burlándose.

Pensó en que si fuese el viejo Imashen, si tuviera su memoria consigo, se volvería loco por la ira y la sed de venganza, aún sin haber vivido los acontecimientos, ya que habían pasado casi trescientos años atrás.

Pero así de poderoso era el fanatismo religioso, que cuyos espíritus vengativos eran bien capaces de poseer a los jóvenes, y usarlos para su propósito.

-¡Vamos! Entremos a rezar.

El gesto alegre e inocente lo sacó de su hipnosis, sin embargo la sangre seguía corriendo rápidamente debido a su corazón agitado.

Conocería por fin a esa entidad crucificada.

La emoción de la chica era tal que no notaba la incomodidad del herrero.

Lo hizo pasar por el portón, e Imashen quedó envuelto en toda una gama de sentimientos encontrados.

Sobrecogido por la simple belleza de la prodigiosa arquitectura, los vitrales y lo símbolos religiosos, Imashen no pudo evitar sentirse maravillado.

Caminaban por una alfombra central, rodeada a sus lados por los asientos de madera de larga longitud. Y llegaron al final, donde estaba un monumento de madera, de un delgado mártir crucificado.

-¿Qué clase de dios es éste?

Sus ojos temblaban mientras absorbían toda la información. El delgado y desnutrido cuerpo, el rostro agonizante y lleno de paz, la sangre y las decenas de heridas.

-¿Cómo un dios así puede…?

Pero no habían palabras. No había palabras que pudiesen manifestar su confusión.

-Éste es él. El Dios Crucificado, quien murió por nuestros pecados señor herrero… eh, señor Imashen.

Las campanas habían comenzado su conteo de las horas del día, e Imashen se asustó como un perro encerrado.

-Señor Imashen… ¿Qué le sucede?

-Yo… yo… me siento bien.

Era increíble, pero cierto. La cabeza estaba ligera y sin tapaduras… había un aura en el ambiente, tranquilizadora. Tal vez era la masonería del lugar, o sus vitrales. Tal vez era algo más, algo más allá de lo mundano. Pero sin importar la razón que fuese, la tranquilidad se apoderó de él.

Era como si su nublado destino hubiese dado paso a una mañana de primavera. Como si el sol de la religión hubiese azotado a los espíritus del invierno repentinamente. Era extraño.

-Vamos chico… reza como dice la señorita…

Los dos se giraron, y allí estaba el hombre encapuchado. Postrado y rezando tras uno de los sillones de madera. Sus palmas juntas frente a su rostro.

La sonrisa que les dirigió era perturbadora.

-¿Y bien?

Imashen trató de verle directo a los ojos, pero el velo le cubría casi todo el rostro.

-Es uno de los frailes. Llegó hace unos meses sin nada, desde entonces la iglesia lo ha acogido. Es muy amable. Sabe relatar muy bien los pasajes del libro.

-¿El Libro?

-¡Sí! El Libro señor Imashen. Nuestros mandamientos, nuestra guía –le dijo mientras entrelazaba su brazo con el del Alhaní y lo llevaba hacia el altar central, donde en una base de madera se hallaba el libro abierto de páginas amarillentas y encuadernación de cuero. Estaba mohoso y antiquísimo y su escritura era una que Imashen no entendía.

-¿Lo ve? Farent quenyis q´ilt eis yuen H´almal

-Farent quenyis q´ilt eis yuen H´almal –repitió lentamente, cuidando la pronunciación

-Significa: Padre nuestro que estás en los cielos.

-Padre nuestro que estás en los cielos.

- Saqualae ´mn ebralha ue: Santificado sea tu Nombre.

-Saqualae ´mn ebralha ue

-Olm yas tua ad yuen H´alma iye ala A: Hágase tu voluntad como en la tierra y en…

-¡Aléjate de “Ella” hereje!

La espada cruzó el aire en un torpe movimiento, y guiado por el instinto del guerrero, Imashen la apartó a un lado con un golpe del antebrazo mientras empujaba a Nera hacia atrás.

El padre seguía con la espada sostenida firmemente en sus manos sudorosas. Su rostro contorsionado por la ira, mientras debajo de sus ricos ropajes del clero, su corazón se batía ferozmente.

-¡Sal de esta casa de Dios! ¡Infiel, demonio! –Lanzó otro ataque, en un arco descendente hacia la cabeza del extranjero.

Pero Imashen se apartó a un lado, le dio un bofetón y con su otra mano le aferró el cuello a tiempo que le sostenía sus muñecas y levantaba la espada en alto.

El hombre se asfixiaba mientras soltaba la espada y se llevaba las manos al cuello, sus pequeños espejuelos se cayeron por la conmoción y su cara se puso lentamente en azul.

-Mata…

-¡Señor herrero, no!

Imashen volvió en sí y le soltó, haciendo que éste cayera al suelo con las manos aún en su vieja garganta. Tosiendo y con una mirada de odio le miró desde abajo.

-Sal… -demandó con una áspera voz.

Con el entrecejo fruncido y los nudillos blancos por apretar fuertemente los puños, Imashen se dirigió a la salida, desfilando entre los sillones y los vitrales.

Estaba exaltado, enojado con todo lo que este edificio representaba. Y pensar que por un momento había encontrado algo de tranquilidad, fugaz y escasa tranquilidad.

Nera se levantó del suelo y corrió para alcanzar al extranjero, cogió su brazo rogándole para que se detenga y dirigió su vista al sacerdote.

-Discúlpate… –rogó volviéndose a Imashen.

El la vio con una mirada fría, sin saber que hacer y tratando de entender la situación.

-No, no lo haré… no hice nada para recibir este tipo de trato –respondió mirando directamente al clérigo. Había ganado su orgullo, e insultado como estaba no aceptaría los términos de una mocosa.

-Sal de aquí… sal de este sacro lugar.

-Señor padre –interrumpió repentinamente el hombre encapuchado –somos corderos del señor, el divino pastor, como tales tal vez deberíamos tener los brazos abiertos ante cualquier alma dispuesta a abrazar la salvación, sea alhaní o no. Además, si no fuese porque ese mago reveló su linaje no sabríamos que su sangre estuviese contaminada. Casi no hay marcas físicas.

-De todas formas es un perro Alhaní, como tal contamina todo el lugar con su presencia solamente. Confío en que tú lo sacarás de aquí. Muéstrale la salida, debo prepararme para “su” llegada… –ordenó mientras se retiraba a sus aposentos privados, detrás del altar.

-Vámonos Nera… todo este lugar huele a bolas castradas por mano divina.

El hombre encapuchado rió sonoramente y se acercó a Imashen.

-Bien jugado misterioso extranjero. Pero tus comentarios no pueden ofenderme, yo me sometí a Su voluntad con toda mi disposición. Quédate y deja que Nera te enseñe nuestra Fe…

Imashen se giró a Nera, mientras el viejo ponía su mano en su hombro. Era pálida, con las venas oscurecidas y sus uñas mugrientas.

Apartó su mano de un golpe, claramente ofendido y asqueado.

-Tranquilo, tranquilo muchacho… no estoy para juzgarte, como hizo el reverendo por ahí. Tienes que disculparlo, pero no tolera mucho que tengas otra religión… una pagana.

-Yo no… –la confusión y la poca memoria le devoraron de nuevo, la verdad es que no sabía mucho de su propia religión.

-Ya veo… no adoras a tus diosas. ¿Lo ve señor?—dijo mirando al cielo— Es una señal, puede ser guiado a la salvación. Sube por esas escaleras de ahí, que dan al segundo piso, hay una enorme biblioteca, Nera podrá enseñarte lo que quieras.

La chica estaba entusiasmada y le jaló el brazo hasta el segundo piso.

Por su parte Imashen estaba confundido, sabía poco, o mejor dicho nada en lo absoluto. Toda su vida había sido una carrera por la supervivencia, no teniendo tiempo en ocuparse en una religión, en una creencia. En una Fe.

Pero si lo pensaba, ¿Debía rendirle tributo a las creencias de su pueblo? No recordaba nada y este lugar le tranquilizaba enormemente.

El segundo nivel era una amplia biblioteca, rectangular con el centro una balaustrada que dejaba ver al piso de abajo.

Se sentaron en una mesa y ella buscó una copia del Libro. Le leyó pasajes, cosas sobre El Hombre Crucificado, y mientras más lo hacía, más Imashen se preguntaba.

No podía caberle por la mente estas revelaciones. ¿Cómo un dios así podía siquiera ser el objeto de adoración de estos reinos, los cuales habían invadido hace siglos su tierra? ¿Qué diferencia había entre los dos cultos?

Ni idea, solo tenía u par de libros sobre su patria, pero esos no tenían muchos o ningún dato sobre las diosas. Los había conseguido después de escapar, y los de Majierâ ocupaban mucho de la censura, incluso en los kioscos diminutos del mercado.

Luego comenzó a enseñarle los rezos, cosa que no le llamó mucho la atención. Su mente se dedicaba a divagar.

La puerta se abrió de nuevo después de una hora, de par en par invitó a los nuevos huéspedes del pueblo.

El sonido de las mallas y placas inundaron el recinto, y las pisadas de botas de hierro tronaron sin misericordia.

-¡Agáchese! –apremió Nera mientras lo cogía del cuello y le hacía ocultarse en el suelo. Imashen, no obstante se acercó lentamente a la balaustrada para espiar el grupo de recién llegados a pesar de los ruegos de la chica.

A la cabeza del grupo había un hombre armado, de pies a cabeza con su yelmo descansando en uno de sus brazos. Su armadura era exquisita de sobremanera, con arreglos de oro y plata sobre el hierro, y un tabardo con la cruz y un escudo, quizás de la familia a la que pertenecía, pero Imashen no pudo verle bien desde la altura. Llevaba también un gran acero en la espalda de increíble manufactura.

Su cabello era negro y recortado, no tenía barba aparente.

A sus espaldas había una mujer rubia, con un tabardo y una armadura de plata casi tan bien elaborada como la de su líder. En vez de espadón llevaba una hoja larga en el cinto.

Luego varios pares de escuderos entraron, colocándose a los extremos de la puerta, quietos y con el escudo de pared en alto.

Habían más, pero trancaron el exterior con una fila defensiva y con sus lanzas apartaron a los mirones.

Era la guardia imperial, la elite de la república.

El hombre daba pasos seguros mientras avanzaba. Llegó a estar frente del altar y se arrodilló en una rodilla y rezó. La mujer, de seguro su mano derecha, se quedó frente a los hombres, sosteniendo un amuleto mientras lo besaba y daba una silenciosa oración.

Al poco tiempo llegó el cura, besando los pies del paladín y luego irguiéndose.

-Señor Ira de Dios… Farentdel. Ha llegado a tiempo como siempre.

El hombre asintió, y luego se dirigió a los hombres de la puerta.

-Ciérrenla.

Al instante los escuderos cogieron las perillas y la cerraron, haciendo luego un muro humano frente a estas y manteniéndose firmes.

Llamó a uno de estos y el le trajo varios pergaminos, entregándoselos con una reverencia. Ira de Dios le entregó su gran yelmo con un halo flotante, y cogió uno de los pergaminos y se los entregó al padre.

-¡Farent! Pero si no es nada menos que…

-Exacto, estaba en otro reino, operando en las montañas. Sin embargo ha habido reportes de su retorno a casa. Es imperativo capturarle. Debe morir como el perro traidor que es.

-¿Todos estos efectivos para darle caza?

-Exacto, bueno no. Son para protegerme. Es el cabecilla de una banda de asesinos, ¿recuerda? Sin embargo ha habido rumores de su aniquilación por un trío de aventureros hace meses. Claro que pueden ser falsos, un señuelo para hacerme bajar la guardia. Si hay algo que debemos atribuirle es su habilidad táctica.

-¡Mürers! –llamó

-¿Sí señor? –Dijo el hombre encapuchado mientras le hacía una reverencia a Ira de Dios.

-Dáselos al alcalde para que los reparta por el pueblo.

-Farent… –dijo mientras cogía los pergaminos del paladín y se marchaba, hablando consigo mismo luego –Un gran honor, exactamente.

Las puertas se volvieron a abrir y cerrar.

-Ahora, el tema de que me hablaste en tu carta…

-Sí señor. ¡Farent, un alhaní aquí!

-¿Estás seguro?

-Definitivamente… ¿Se enteró del Basilisco? Está en ruinas, ¡y por su culpa! Y hay otra cosa que debe saber de él… –el cura miró sobre los hombros de su oyente.

El paladín captó enseguida la indirecta.

-No tengo secretos con mis hombres padre, pero tiene razón: No creo que estén interesados en escuchar vuestros problemas.

Había algo raro, Imashen lo captó enseguida. Una indirecta, y una orden disfrazada. Le había dirigido una mirada a su lugarteniente.

La dama de plata captó la mirada y asintió. Recorrió el lugar, con su atención aparentemente centrada en los vitrales.

Imashen fijó su vista en ella mientras caminaba, no podía creerlo. No se había dado cuenta antes pero ahora…

Ahora su exaltación era mayor a la del encuentro con el padre hace unos minutos.

El joven dejo de estar arrodillado mientras espiaba y se levantó de golpe exclamando -¡No puede ser! La dama de plata…

-¡Señor herrero no! –Nera lo había jalado hacia atrás para que se apartara de la balaustrada. –¿No lo ve? ¡Son Caballeros Templarios! Si le encuentran le matarán como a un perro.

El misterioso extranjero volvió a espiar, esta vez detrás de la mesa. Ninguno había parecido notar su presencia, llevaban pesados yelmos y el líder estaba ocupado conversando con el viejo. Horrorosa fue su sorpresa al ver que la mujer miraba a su escondite, con los ojos entrecerrados.

Pero no pudo dejar de verla, sencillamente no pudo, y observó estupefacto como caminaba lentamente hacia Ira de Dios.

Los hombres dejaron de conversar al instante que oyeron el tacón de la mujer acercarse.

-Iré a dar una ojeada a la biblioteca, señor.

-Despedida… prosiga padre.

La mujer caminó hacia las escaleras, Imashen notó que los sujetos reanudaron su conversación, pero no pudieron interesarle sus susurros. No cuando sentía la circulación de su sangre en sus oídos.

Invocó su aplomo: No podía enfrentarse a esos hombres, sin armas y todos ellos con gruesas corazas. Pero incluso así, esos hombres debían de tener un entrenamiento prodigio. E Imashen era… bueno un combatiente natural, pero no entrenado. Casi todo lo que sabía, todas sus maniobras eran guiadas por el instinto y la necesidad y no por el acondicionamiento.

Tlack, tlack; hacían los tacones.

-Vamos… –le susurró Nera y lo guió agachada por la biblioteca hacia una puerta al otro extremo. Un estudio privado.

Imashen cerró la puerta detrás de él lo más lenta y silenciosamente que pudo, pero no del todo. Poniendo su rostro contra la rendija escuchó atento.

Era una mujer inteligente de seguro, para tener un cargo tan aparentemente importante debía serlo. Era sólo cuestión de tiempo para que llegase al estudio privado, el único escondite que tomaría su presa.

¿Podría dominarla? Ya se había encontrado a una campeona en el pasado, y no resultó ser muy habilidosa, pero sí tenía apoyo mágico.

¿Sería esta mujer igual? ¿Podría noquearla sin hacer ruido y tener más tiempo para escapar de esa jauría de mastines cazadores? Si no volvía notarían su ausencia y la buscarían, pero era mejor que nada.

Había leído los castigos que imponían a los infieles, no podía dejar que le capturasen

Pero si lo pensaba… ninguno lo había visto. Sólo el padre y el hombre encapuchado. Si podía esquivar solamente a esos dos…

Los tacones callaron sus pensamientos.

***

Ahora que lo pensaba… no había sido un día tan fantástico después de todo.

El gruñido de la bestia lo sacó de su introspectiva visión de la vida antes de la muerte.

La putrefacta baba le caía sobre el pecho y el rostro, y el hedor era como para “morirse”. Sin embargo Imashen estaba decidido a sobrevivir, o en su defecto a hacer el mayor daño posible antes de morir.

Invocando toda la fuerza de su cuerpo, hundió más los cañones en la cara del gigante. Hasta que la sangré viscosa brotó a caudales del ojo.

Vuljah gritó y lloriqueó todo lo que pudo, pero aún así no pararía su hambriento frenesí.

Las piernas de Imashen hacían lo que podían para evitar el peso muerto del cazador lo aplastase. Era sólo cuestión de tiempo antes de ser devorado.

¿Cuántas veces más estaría al borde de la muerte este día?

Sus piernas empezaron a quejarse, mientras poco a poco la diadema de dientes se acercaba a su rostro.

Era el fin.

Más sangre comenzó a manar, a tiempo de que la boca del lobo mordía el hombro del gigante.

Se levantó tan cual alto era y comenzó a batirse incansablemente.

Imashen no perdió el tiempo, rogándole más voluntad a sus cansadas piernas, se paró en el acto. Le quitó el seguro a los revólveres y con un movimiento de la muñeca sacó de su posición las ruletas. De su cinto cogió un puñado de balas y comenzó a cargarlas lo más rápido que pudo. Unas cuantas sobraron y terminaron en el suelo.

Mientras tanto Yergali seguía batiéndose contra Vuljah, Se había soltado cuando una violenta sacudida lo había arrojado lejos, cayó de pie y con un tajo de carne de Troll en la boca.

Vuljah se llevó su mano al hombro, rugió y cogió sus dos hachas.

-¡Jazergcargte!

El lobo aulló mientras corrió a una velocidad alucinante hacia él. El monstruo levantó sus hachas en el aire con intención de descuartizarlo, pero las armas se quedaron en su posición a tiempo que una ráfaga de balas se insertaba en su axila y pecho.

Lo sacó de equilibrio y el lobo lo derribó y comenzó a morder su cuello. No había espacio para usar sus hachas, pero sí sus garras, le cogió el pescuezo al animal y lo arrojó lejos, cuando volvió a saltar hacia él lo pateó prodigiosamente hasta cinco metros a distancia.

El quejido del animal quedó grabado con fuego en los oídos de Imashen, a tiempo que disparaba sin escuchar los estallidos de las armas.

La espalda fue perforada mientras la locura se apoderaba de sus ojos, cargó hacia el alhaní, sólo para recibir el último par de balas en el rostro.

Imashen sabía que era inútil ya, y arrojó sus pistolas al suelo y se dedicó a correr los últimos metros hasta la herrería.

Por su parte Vuljah no pudo más que sonreír mientras se limpiaba su propia sangre del rostro y veía a su presa arrojar esas condenadas varas de fuego.

La sonrisa se dibujaba hasta sus orejas desproporcionadas.

La sombría herrería permanecía silenciosa y fantasmagórica.

No había tiempo para la armadura, pero sí para las armas. Cogió las dos espadas gemelas y las colocó en su cinturón, mientras sostuvo su pesado espadón en una mano y se dirigió a las fraguas.

Necesitaba calentar las hojas para matar al troll, se dio cuenta de lo estúpido de la idea. Había dejado a Yergali solo, y podían matarlo en cualquier momento.

-Maldición…

Corrió hacia la puerta.

¡BUM!

La pared de madera se hizo trizas mientras el gigante pasaba y hondeaba sus hachas a lo loco.

Un hombre normal hubiese muerto en ese instante, hubiese muerto incluso minutos atrás. Pero al carajo, Imashen no era un hombre normal, su instinto salvaje era su guía, la personalidad que había dado a luz en su hora más oscura.

Esquivó los hachazos, horizontales y verticales. Y cada vez que esquivaba uno, se acercaba más a su objetivo.

Su enemigo estaba confiado, sabía que jugaba un juego de perseverancia, que en algún instante los músculos de su presa fallarían o cometerían un error.

Como resultado, su cuerpo yacería destrozado.

El primero vino justo al instante que cayó el muro hecho astillas. Diagonalmente el hacha cortó el aire y se clavó en el suelo. Imashen lo había evadido con dificultad, rodando hacia un lado. La jugada le había salido doble, porque en ese instante la segunda hacha le pasó por encima con una distancia de unos cincuenta centímetros.

Se levantó y vio a su enemigo, su alcance era mucho. Tendría que acercarse para atacarle. Las dos hachas vinieron horizontalmente en ese momento.

La pared se astilló y cedió a tiempo que Imashen se giraba hacia el contrario de la dirección de las hachas, dando un paso al frente y luego a un lado con las viles hojas rozando su ropa.

Era su oportunidad.

Pero en respuesta a su acometida, Vuljah respondió con otro ataque doble, esta vez vertical.

Los nervios de Imashen no estaban sorprendidos: Esquivó los hachazos dando un giro de su torso, con un hierro clavándose a solo unas pulgadas de su pié.

Cargó contra su enemigo, la espada sostenida con las dos manos y con la punta enfrente, dando una fuerte estocada en su estómago y dando una retorcida a su arma luego de penetrarle.

El bicho horrendo gritó y lo barrió con sus brazos.

El golpe contra la pared dio una sacudida de dolor por toda su espalda, cuello y cabeza.

Imashen dio un quejido mientras sus piernas fallaban y caía de rodillas adolorido.

Pudo ver lentamente como su asesino levantaba sus brazos triunfante. Preparaba sus hachas para un poderoso ataque que dejaría al misterioso extranjero irreconocible.

Fue entonces cuando el bersérker se adueñó de nuevo. La criatura de instinto y rabia se negaba a morir. La sacudida eléctrica originada por los nervios hizo responder a las arrodilladas piernas. Dio un salto hacia delante y golpeó la empuñadura de su espada (quebrándose los nudillos), haciendo que esta penetrara más hondo.

Bajó su guardia de nuevo y el bersérker se levantó y cogió sus dos espadas a velocidad del relámpago.

Pero no atacó, dio un salto hacia atrás, y luego otro y otro, mientras esquivaba los ciegos ataques de su enemigo.

Sintió como una de sus espadas resbalaba por el nudillo roto. La apretó fuertemente a pesar del dolor y se preparó para enfrentar a la muerte.

La acometida vino rápidamente, dejando destrozos en el piso por el peso del gigante abrió sus brazos en un abanico mortal para descuartizarlo en un ataque a diestro y siniestro.

Era la oportunidad deseada.

Cargó también mientras daba un grito inteligible y se adentró en la defensa del monstruo, pasando entre sus brazos, y clavando los dos hierros en su pecho. La coraza de huesos era inservible contra el acero del alhaní.

Se agachó, cogió el espadón y lo arrancó mientras se movía a un lado. Las tripas salieron disparadas.

Otro manotazo volvió a impactarle, rompiendo su postura y haciéndole caer y morder el polvo.

Era demasiado dolor, pero sabía que no podía dejarse abatir. Rodó hacia un lado justo a tiempo mientras escuchaba como la madera se agrietaba.

En otro tiempo, luchando contra los Cuervos Susurrantes, había sacado ventaja cortando las muñecas de sus rivales. Pensó en su cólera que sería una buena táctica.

Las hachas se calvaron en la tierra e Imashen, no, el bersérker volvió a pararse y dio un golpe poderoso con el sólo propósito de amputarle las muñecas.

Pero solo hubo la respuesta del metal contra metal,.. Y encontró su espada sacando chispas contra las cadenas amarradas a sus muñecas y antebrazos.

-Coño…

Otra vez el antebrazo volvió a impactarle y lo arrojó lejos.

Había un olor nauseabundo infectando el ambiente. Más que el tufo de la criatura, era su sangre. Manaba a potentes chorros, mientras las tripas destrozabas le colgaban del costado, ensuciando de mierda el suelo.

El bersérker por su parte tenía la cara empapada de sangre mezclada y sentía como si se le hubieran roto un par de costillas.

Sabía muy bien que si volvían a derribarlo sus piernas no darían más por él. Así que corrió, pasando al lado del monstruo, esquivando un hachazo por simple física pero sintiendo como un segundo le arrancaba con sus muescas la piel de la espalda.

Le hizo frente, sólo para recibir un tercer ataque que le rozó el pecho e hizo que la sangre volara. Pero el golpe lo dejó desequilibrado, y el bersérker tuvo que aprovechar la citación, ignorando el dolor en su pecho.

Se giró con su espada en alto y la clavó en el hombro de Vuljah con un golpe descendente de fuerza perturbadora. Hubiese sido un cráneo humano y lo hubiese partido en dos.

Pero Vuljah estaba confiado, sabía que sus heridas sanarían, y el dolor era insoportable. Así que bajó su defensa y con su otro brazo soltó su hacha para quitarse la púa en su otro hombro.

-Imbécil –sentenció el bersérker con un gruñido seco.

Aprovechando la defensa baja cogió una de las antorchas que usaba para prender las fraguas y la prendió haciendo una rápida fricción en el suelo.

El herrero anterior había utilizado estas antorchas empapadas con un químico volátil. Imashen las había encontrado el químico y las antorchas hace días, y utilizado nuevamente para el trabajo. Le dio gracias al bastardo.

Con otro golpe descendente, hizo arder la mano del brazo sano del gigante.

“¡Las piernas! ¡Ahora!”

Con tal distracción pudo acercarse más y coger sus dos espadas del pecho del monstruo, hincarse en una rodilla y con un amplio arco horizontal con ambas espadas en un golpe cerrado, logró destrozarle las rodillas, clavando las espadas bien hondo en el hueso.

El monstruo se sacudió, su brazo ardía ya que su piel era seca e inflamable, aunque la llama se apagó por la conmoción, sin embargo cayeron varias chispas en la madera, sumándose a las otras generadas cuando el misterioso extranjero pasó la antorcha por el suelo, y pequeños bosques de lenguas de fuegos comenzaron a florecer.

Cayó con las piernas destrozadas, y el bersérker se paró sobre él, cogió su espada y la hundió en su cráneo.

El cuerpo se convulsionó por unos instantes, y el guerrero tuvo que golpearlo de nuevo, y de nuevo, y de nuevo.

Pronto parecía que la vida del ser había acabado, mientras sus movimientos involuntarios paraban.

El bersérker sentía que cada golpe que había dado había sido menos efectivo que el anterior, pero se contentó que todo hubiese terminado.

Se llevó las manos al pecho. La sangre manaba, pero había algo más…

Estaba empapado en sangre de troll, y sentía un ardor en la piel expuesta al hedor de gigante, seguido por un cosquilleo.

Rompió su camisa y vio que ya no sangraba en el pecho. Estaba curado pero había perdido un pezón, arrancado de seguro por las muescas del hacha. Ahora había una piel oscurecida sobre el pecho en la macabra línea dibujada por el arma.

“Bueno… si ahora no sangra…” Pensó.

Se llevó un puñado de sangre directo de una de las heridas y de una palmada se la pegó en la espalda.

El ardor y el cosquilleo volvieron… y luego un alivio.

Metió entonces su nudillo roto en una de las heridas impregnándola de sangre. No pasó nada.

-Bueno… era mucho pedir.

Luego pensó en pasársela por la cara, pero el tufo era horrible.

“Puedo vivir con la nariz y la boca rota…”

Cogió sus espadas y escapó de las llamas que ahora devoraban su hogar.

Yergali cojeaba hacia él, con todo un costado adolorido y la pata recogida.

-Toma…–le tendió la mano empapada para que la lamiera, pensó que tal vez si era ingerida podría curarle.

El lobo le lamió largo rato la mano y se bebió toda la sangre. Acostándose a su lado agotado.

Alguno de los aldeanos y los victoriosos militantes llegaron corriendo a la escena. De seguro tenían la esperanza de verle hecho pedazos y carbonizado.

Uno de los hombres, quien lideraba el grupo gritó:

-¡Matasteis al troll!

-NO grites… me duele la cabeza, imbécil –Imashen se arrodilló y clavó la espada en el suelo para apoyarse un poco.

Sus ojos verdes vieron fijamente a los del militante. Sabía que traviesa idea estaban fructificando.

En un rápido movimiento cogió la espada del cinto y la preparó para clavársela en el vientre.

-Tú sólo inténtalo.

El hombre retrocedió.

-¿Qué ha pasado?

No hubo respuestas mientras miraban hipnotizados las llamas.

-¡Carajo, coño! Maté al gigante, ¡dime que diablos pasó en la aldea!

-Eh… –otro hombre respondió, llevaba varias heridas en su cuerpo pero seguía de pie –están varios bien, los maleantes atacaron de improviso con antorchas y ballestas, pero fueron repelidos. De seguro no contaban con la guardia imperial estaba en la zona.

-¿Y Nera? –se sorprendió formulando esa pregunta.

-Oh está bien… La dama de plata hizo un gran trabajo atendiendo los heridos con su ayuda.

-Fantástico… –respondió mientras se desmayaba. En un estado semiconsciente sintió las patadas para examinar si estaba muerto, y los aullidos del abatido Yergali. Por suerte una voz había detenido la violencia. Y no pudo dejar de sonreír mientras sus ojos estaban demasiado cansados como para abrirse.

La segunda lluvia de la semana acariciaba tiernamente la noche a terciopelada con estrellas, esas que no se ven en las grandes metrópolis, mientras los últimos retoques a la taberna se efectuaban para su retorno el próximo atardecer. La luz se proyectaba desde varias ventanas y se veían las siluetas, insospechantes, de la gente trabajando y riendo.

Sus velados ojos se cerraron… respiró hondo y luego soltó un suspiro. Pero nadie se debía dejar de engañar por esta tranquila mueca, ya que su malvada sonrisa se dibujó poco después. Sus dientes eran amarillos y un cabello sucio le tapaba la cara bajo la sombra de la capucha.

Sus dedos daban involuntarios espasmos. Dedos con uñas negras y largas, con las venas marcadas en su piel blanca como la luna, pálida como la muerte.

Su andrajosa ropa le daba el aspecto de un monje humilde. Nada más lejos de la realidad. Podría levantar la mano y borrar todo el pueblo del mapa. Pero no sería conveniente, ciertamente en verdad no le era posible.

Le gustase o no, el hombre encapuchado tenía que ceñirse a lo “legal”.

Sus dedos seguían batiéndose inconcientemente, el poder era demasiado para esta débil carcasa.

Cerró sus puños y rió entre dientes. Se lamió los labios resecos.

Las luces del pueblo le fascinaban. La tranquilidad de estas almas despreocupadas le excitaba. Tanto como el hecho de que los prejuicios contra el alhaní floreciesen en un pervertido jardín.

Lo mejor de todo era que eso no era su obra. Era la obra de la religión.

“Teme al bárbaro”

“Teme al impuro”

“Teme a la tez oscura”

“Teme a los dioses paganos”

“Teme a dios”

-Harían mejor en temerme a mí… -susurró para sí mientras sus lujuriosos ojos se tornaban blancos en placer – ¡Que empiece la pesadilla!

Estiró sus brazos, como cuando un artista se expone ante su público. Y fue alabado, alabado por cientos de voces no escuchadas por lo que tal vez eran siglos.

El grito fue horripilante, cientos de voces de distintos tonos en una sola melodía abismal. Sin embargo el pueblo no percató de la existencia de esta sinfonía de la destrucción.

Comenzó a dar vueltas por todo el pueblo, mientras giraba como bailando con una compañera invisible entre las calles. Se guindó de un poste y danzó en él. Saltó en los charcos. Y corrió como un niño mientras reía. Reía como nunca.

La sensación era tan diferente a lo que estaba acostumbrado. El olor, la ligera brisa, la luz de la luna y la lluvia. Las gotas de agua; lo tan escaso del lugar donde provenía, corriendo por su piel… bueno, no. No era su piel. Pero igual sentía, mucho más de lo que había sentido en tanto, tanto tiempo.

Tiempo: La palabra que más temía. ¿Cuánto había pasado ya? Ni idea. Aunque faltaba poco, un paso más cerca cada minuto que pasaba.

La pequeña rana se atravesó en su camino.

-Después de usted señora… -dijo en una burlesca reverencia.

El anfibio siguió su camino mientras el hombre encapuchado regresaba a al taberna. La silueta de la chica se dibujó esta vez.

Para que todo funcionase ella tendría que morir. No podía dejar que interfiriese. Con esa mirada suya, su silueta perfecta y su largo y sedoso cabello.

-Tal vez… tal vez haya un lugar para ti en mi guión, pero no ahora. Debes desaparecer de él.

Estaba todo preparado. O eso pensaba, ya lo que le fascinaba más de todo era el riesgo latente. La promesa de lo inesperado, incluso habiendo calculado la ecuación cientos de veces, siempre, siempre se podía temer a una falla:

-Libre albedrío…

Todo esto lo llenaba de pasión, de euforia. Lo hacía sentir lobo entre corderos.

-Bueno no exactamente un lobo… un pastor. El lobo se encuentra atragantándose de alcohol en la herrería.

Se dio la vuelta y un gran espasmo recorrió todo su cuerpo. Sangre brotó de su boca, dibujándose en las arrugas de su mentón, irónicamente afeitado a la perfección.

¿Cuánto “tiempo” resistiría más este anfitrión?

***

La gente lo miraba resentida, con prejuicio. Algunos con odio y sed de sangre reflejados en sus ojos claros. Se respiraba la tensión entre el pueblo y el misterioso extranjero a un kilómetro de distancia, y todos paraban sus faenas matutinas para ojear la caminata de Imashen por el bulevar de los mercaderes y negocios. La mayoría de los habitantes, incluso algunos jóvenes, eran más altos que él por una cabeza y media. No solo eso, su tez un tono más oscura que la clara piel de los habitantes se hacía notar.

Además de eso llevaba la misma pinta que había llevado en toda la semana: El pelo sucio y largo, (cosa mal vista entre los hombres del pueblo) y la sucia armadura hedionda a sangre y sudor y alcohol.

En verdad se sentía como un lobo entre corderos. Un lobo cansado y herido entre ovejas resentidas. Los guardias, los perros pastores, lo miraban con recelo y apretaban fuertemente sus lanzas cuando lo veían pasar. Al lobo no le importaba ya que Imashen sabía lo que su violenta raza significó para estas gentes.

Invasión…

En un acto para mostrarle su buena voluntad a todos, el misterioso extranjero había dejado sus armas; incluso su guantelete armado, en la herrería.

Había traído consigo el poco botín que tenía (gastado casi todo en alcohol) que había ganado en sus viajes. Se compraría algo de vestir, jabón y comida sana. Se iría a bañar con agua de un lago cuesta debajo de la herrería y trataría de encajar entre los habitantes. Era su nuevo hogar después de todo…

Pero perra era su suerte, y pronto descubrió en su caminata por el pueblo, que las razas civilizadas del occidente no admitían abiertamente a los extranjeros. A los Bárbaros del este, a los perros alhaníes.

Pero claro, le temían. Vaya que sí. Se apartaban de su camino, sabían lo que era capaz de hacer en combate. Y después de todo, el hechicero del imperio sombrío y sus secuaces murieron a mano del Alhaní. Estaban en deuda con él, y pensaban que era un mal necesario. Además la brecha cultural no era suficiente para que cortaran el recibimiento y cuando Imashen entró en la tienda de la costurera no fue botado patitas a la calle.

-Eh… Bu-buen día… ¿cariño? ¿Qué se te ofrece?

El joven se quitó el sombrero y dio una reverencia leve, la costumbre de donde venía.

-Que el sol ilumine su día señora, vengo a comprar ropa para la reinauguración de la taberna… -Imashen sacó una pequeña bolsa de su cuello, señalándola un poco y haciendo entender, de una manera sutil y nada grosera, que tenía dinero.

-Eh… muy, muy bien… ¿cuáles son tus medidas?

***

Llevaba unas cuantas camisetas, dos pantalones, y un nuevo par de botas de cuero en sus brazos. Caminaba y admiraba el campo mientras se dirigía a la herrería.

Yergali le esperaba en el umbral de esta, alto y fuerte moviendo su perlada cola.

-Buen día canucho. ¿Ya comiste? Mira voy a dejar esta ropa aquí e iremos a buscar algo de agua. ¿Te parece?

En la tienda dejó doblada su nueva ropa, yendo luego a su lugar de trabajo para dejar en una cruz su cota de malla.

Olió su axila y supo entonces que el baño era lo que más necesitaba. Mientras salía giró la cabeza a su gabinete con alcohol. No lo necesitaba, no dependía de él. No marcaba su vida.

Los cuatro potes de madera estaban en línea, con sus astas alineadas. Cogiendo una vara recta y sencilla el misterioso extranjero la pasó entre los potes y luego los levantó. Dos de cada extremo y apoyándolos en sus hombros.

Bajaba por la cuesta con Yergali siguiéndole, admirando el cambio de su amigo.

Con más fuerza volvió el sentimiento filosófico del lobo. A veces pensaba que su vida era un guión mediocre. Pero todo había terminado ya y podía retirarse a descansar por fin.

-¿Hemos pasado mucho, eh?… mucho para llegar a este momento. Puedo sentir, viejo amigo, la brisa recorriendo mi cuerpo. He sido un prisionero, a pesar de haber escapado hace meses de la oscuridad del coliseo. Fui un prisionero hasta ahora. Siento con más, con más de no sé qué. La brisa me acaricia, el sol matutino me lame. Y te apuesto que esa agua está fresca como ninguna que hemos probado.

El lago estaba frente a ellos. Las montañas atrás y el cielo reflejado. La primavera había sido generosa este año. La neblina matutina lo rodeaba todo.

No pudo resistirlo, sencillamente era imposible. Tantos meses encerrados, tantos meses escapando. Y una semana confinado en la herrería sin poder apreciar su nueva libertad.

Hasta ahora.

Su cuerpo fue devorado por las tranquilas aguas. Le fue devuelta la vida perdida. El frío quemaba su piel, pero estaba acostumbrado. De alguna manera lo estaba.

Fue yendo más profundo y más profundo por su clavado, hasta la profundidad de los peces.

Abrió los ojos bajo el agua y vio la superficie de cristal, el sol siendo reflejado y el zafiro cielo. Sentía su fuego maldito extinguirse bajo la helada agua. ¿Sus tatuajes se borrarían? ¿Su maldición sería levantada?

Sentía las luciérnagas recorriendo su cuerpo, eran pocas pero quedó un poco del combate contra el mago. Las canalizó a las puntas de sus dedos y la llama surgió.

Increíble, bajo el agua la llama azul vivía. Cerró su mano y esta siguió viva, sus llamas lamiendo tiernamente.

Pero el combustible mágico se acabó, y las luciérnagas dentro de él murieron, al igual que la llama. No importaba. Era hora de salir.

Fue como un nuevo nacimiento, otro más. Ya le había pasado, pero el segundo fue oscuro, el tercero estaba lleno de vida al igual que el primero.

Yergali veía a Imashen dejarse llevar por el agua. Era lo más tranquilo y en paz que lo había visto nunca.

El ladrido del lobo invernal despertó el trance, y el misterioso extranjero decidió que era hora de volver a la herrería.

Dio unos cuantos largos y en la orilla llenó sus baldes de madera.

-Vámonos…

***

Había llenado un gran balde de madera con el agua que había recogido y se había bañado allí. Más limpio de lo que había estado en meses fue a recoger su nueva ropa en la tienda. Descubrió entonces mientras se vestía la capa confeccionada por Nera.

-Vaya…

Vestido y con la capa de Nera como paño fue a descansar en el pasto junto a Yergali.

-¿Muerde?

Imashen volteó y vio a la chica de nuevo, con distintas flores en sus manos.

-No si yo lo ordeno… -el lobo le lanzó una mirada reprochadora, pero sólo le sacó una risa a Imashen. Le encantaba este juego de engañar a todos que él era el amo del animal, cuando en verdad eran compañeros.

La chica se acercó, había venido sola esta vez y lucía un hermoso vestido verde. Estaba impactada viendo al herrero con su aspecto tan cambiado. El pelo seguía pesado por el agua y las ropas grises pero nuevas le daban un aura tranquila, que era a su vez impactante.

El herrero tenía una ramita en su boca y la mordía, y a pesar de sus siniestros tatuajes en el rostro, su aura amenazadora había desaparecido.

-Veo que se bañó señor herrero… -dijo acercándose y sentándose a su lado.

-También lavé la armadura, pero no creo que tenga que utilizarla nunca más. Gracias por la prenda, niña.

La chica sonrojó y miro hacia otro lado.

-¿Esas flores son para mí? No vas a ganar mi afecto con eso, no soy una mariquita. Pero gracias de todos modos.

Nera soltó una risa tímida.

-Voy a tomar el día libre, pero quiero estar solo con mi perro. Iré a la fiesta del Basilisco, no te preocupes. ¿De acuerdo?

-De acuerdo señor herrero… -dijo radiante mientras se levantaba y dejaba las flores en el mostrador.

-Mi nombre es Imashen… -le dijo mientras se marchaba y Nera le devolvió una sonrisa capaz de curar enfermedades.

Se sentía culpable por darle esas esperanzas. Después de todo él era un hombre bastante jodido y nunca, nunca sería lo suficientemente bueno para una chica así. Lo más seguro es que se hubiera enamorado de él por el misterio, eso era todo. Cuando comenzara a vivir tranquilamente en el pueblo seguro que se le pasaría…

-¡Mañana antes de la fiesta le mostraré la villa! ¿De acuerdo?

El respondió afirmativamente sin pensarlo, aunque se arrepintió después. Cuando la chica se había marchado no pudo evitar sentirse preocupado.

Se sentía como un lobo entre corderos. ¿Podría vivir entre ellos?

“Deja de engañarte…”

La voz de nuevo, no pudo evitar levantarse asustado…

Lo que no sabía es que había dos lobos en la misma granja.

***

El sol del mediodía brillaba entre las hojas del bosque.

Sus pesados pies hacían tronar la tierra, y sus largos brazos apartaban los árboles a su alrededor con fuerza sobrehumana. Sus ojos eran dos líneas de gato en rojo sangre. Su pelo gris y sucio era largo y lleno de hojas secas. De piel gris y su cuerpo musculoso pero delgado y cerca de cuatro metros de estatura.

-Veo que has llegado… intuyo que te has pensado la propuesta que te dije…

El hombre encapuchado había aparecido detrás de un árbol, con su sonrisa amarilla y su mentón recién afeitado.

El gigante gruñó en respuesta y cogió sus dos grandes hachas amarradas con cadenas a sus antebrazos.

-Oh vamos… se que puedes hablar maldito ignorante.

-Estoy hambriento… -su gran sombra oscureció la silueta del hombre.

-Pero yo no soy alimento para ti, maldito estúpido. El alhaní lo es.

-Sigues hablando del bárbaro… ¿ser él una presa digna?

-Mejor que cualquier aldeano o militante de esta pequeña villa. ¿Querías una presa? Yo te la doy.

-Sí, sí… tu darme presa, ¡yo matarte en recompensa!

Todo pasó muy rápido para los ojos entrenados de Vuljáh y cayó en el suelo con un gran hoyo en el cráneo.

-Estúpido, estúpido troll… Levántate y haz tu cacería. Si quieres me puedes cazar luego, pero antes caza al bárbaro. Si no puedes contra él, nunca podrás conmigo.

El hueco sangrante en la cabeza de Vuljáh se cerró lentamente y pronto el gigante se levantó de nuevo.

-El pueblo no será problema contra ti…

-Noche, noche será el momento.

-No… mañana en la noche. Cuando todos estén distraídos y borrachos en la fiesta. Tendrás al misterioso extranjero para ti solo. Un combate digno… oh, y no te dejes engañar por su estatura. Será más pequeño que los soldados pero es más peligroso.

-Lo aplastaré con mis garras pequeño humano… y luego matarte a ti –el cazador lo amenazó con sus largos dedos terminando en uñas verdes y de diez centímetros. Se agachó y sus rostros estuvieron a narices de distancia. La larga nariz del gigante olfateó al hombre encapuchado.

-Ya vete a tu cueva mugrienta, y que no se te suba a la cabeza tu capacidad de curarte, eso no te ayudaría contra mí.

El gigante se marchó, esta vez silencioso como una sombra.

Nada le asqueaba más que tratar con tales sujetos. Era un alivio no tener sentido del olfato, ya que la bestia apestaba a mil rayos. Sin embargo Vuljáh era un cazador de hombres extraordinario. Si mataba al alhaní, sería su presa número cien.

SI lo mataba…

Caminó por el bosque tranquilamente en dirección a la capilla. Era un hombre de fe después de todo.

Imashen era su tercera opción. El tercer peón prometedor de los tres hermanos, pero si no lograba sobrevivir contra un bruto, entonces no valía la pena.

Hasta ahora el mayor prometía bastante, pero no podía dejar atrás al pequeño Imashen.

Para cuando terminase con este pueblo, dos hermanos se enfrentarían en duelo.

-Oh, toda esto está bien interesante… — el hombre encapuchado sacó entonces un par de revólveres artesanales y con cañones de cuarenta y cinco centímetros. Uno de ellos botaba humo.

Claro que las jóvenes promesas necesitan una ”ayudadita”.

-Todos son igual de estúpidos –dijo el sujeto de cabello largo y negro.

-Naturalmente, por eso viven en cuevas –respondió divertido el encapuchado.

-¿Lo hará?

-Por supuesto, veremos si tu hermano está listo para el reto.

-Ese hijo de perra pagará por lo que hizo… si no en manos del gigante, en las de mis hombres. –gruño mientras se pasaba sus dedos por una fea cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo hacia su mejilla. Sus ojos verdes resplandecían furiosos.

-¿Y si mata a tus hombres? –preguntaba mientras caminaban por el bosque.

-Pues que el liche se encargue de él. Tiene tantas ganas de matarlo como yo.

-El liche quiere esclavizarlo, no matarlo. Sólo conseguirás tu venganza si te ocupas al final de él.

-Como sea… ¿qué importa? No soy de esos. No llegué hasta aquí ocupándome yo mismo de los combates. Hay gente que quiere hacerme el favor.

-Te recuerdo que tu banda es una sombra de lo que era… no creo que haya ninguno con la habilidad de hacerle frente, no en pelea justa.

-¿Y desde cuando Los Cuervos Susurrantes son conocidos por la lucha justa? –respondió el asesino con una mueca.

-Puede ser… -pero el truhán se detuvo. Y el hombre encapuchado se encontró al girarse con una espada exquisita apuntando a su pecho.

-Todavía no me fío de ti, y de tu capacidad para “apagar” mi habilidad.

-Vamos, vamos. Sabes que es inconciente. No lo hago porque quiera.

Reslatbalt lo miró desconfiado.

El hombre encapuchado siguió su camino.

-No te pareces a tu hermano… eres más alto y menos honorable. Sin embargo los ojos verdes, el carácter y el cabello te delatan. Son como dos lados de una moneda.

-Cállate… estarás vigilado, no habrá hora en la cual no haya un cuervo vigilándote.

Aquí les dejo el primer capítulo de mi libro, cuyo prólogo se encuentra aquí, Mejor prólogo de la historia de la literatura humana escrita, vista y jamás hecha.

Nera corría junto a su hermanito por la colina verde que llevaba a la herrería.

Era una mañana perfecta, sin nubes hasta el horizonte, con una helada brisa matutina, de esas que se te introducían en los pulmones y los expanden. Los cientos de pájaros cantaban en los árboles frondosos que se erguían orgullosos. El pueblo estaba a la mitad del camino entre dos grandes ciudades y había toda cantidad de mercaderes que recorrían el poblado de un extremo a otro, por lo cual se había enriquecido mucho. Los edificios eran de bloques de piedra con altos techos de madera. Los pequeños jardines en las ventanas y en uno que otro pórtico eran una agradable caricia a la vista, y no hablemos del aroma floral.

El pueblo era maravilloso, repleto de vida y paz. Desde luego, cuando uno le perdía el atractivo a los extraños productos de los mercaderes, la vida se hacía un tanto monótona.

Pero eso ya no importaba, ya que el pueblo tenía una nueva adquisición, un nuevo chisme del que hablar por las noches de tabernas (bueno de solo una, la otra; “El Basilisco Bien-Muerto” había sido destruida).

El herrero, o el misterioso extranjero, como lo llamaban algunos. Era el recién llegado. Un hombre, o mejor dicho, un joven extraño que llegó en una noche tormentosa y había luchado contra tres forajidos, dos magos y un muerto viviente. Era callado y se había retirado a la colina que veía al pequeño bolsillo de vida. Trabajaba horas en el metal, y las pocas veces que hablaba era para realizar un trámite. Los habitantes cuchicheaban relatos de quién podría ser este extraño personaje.

Decían muchas cosas. Como por ejemplo que era un romántico paladín que había perdido a su amada, otras que era un mercenario cansado y agotado que se había retirado lejos del bullicio para descansar, e incluso habían rumores de un mensajero de la oscuridad; dispuesto a tragarse a la feliz comunidad en las sombras del infierno. Sin embargo, y no importaba cuanto los rumores se distorsionaran de la realidad, todos tenían algo en común. Y es que era que la raza del extranjero estaba clara; era un Alhaní, y por lo tanto peligroso.

La joven chica estaba en la flor de su vida. Tenía sus cabellos negros largos y brillantes hasta la cintura, unos ojos azules que no tenían nada que envidiarle a las dos lunas gemelas que cabalgaban por las noches de primavera. Su hermano solo tenía siete inviernos en la tierra y la acompañaba a todas partes como una pulga.

La chica recorrió la colina a gran velocidad gracias a sus prodigiosas piernas, era una buena corredora. Su hermano la seguía quejándose por un dolor en el flato y con poco aire.

-¡Apresúrate Neli! –Le gritó desde lo alto – ¡La familia no necesita un debilucho!—se mofaba.

-Ya voy… ya voy –respondía sin aire.

Lo esperó un minuto y luego a que este recobrara el aliento.

La oscura herrería estaba frente a ellos, solitaria y vieja… no había sido usada por la paz que había invadido el reino. Ya la gente no compraba armas para defenderse de las hostilidades. Ya no había ninguna, y prometía permanecer así. Sin embargo la herrería volvió a abrir, cuyo único propósito sería el construir vigas para la nueva y mejorada taberna.

Los sonidos del metal contra el yunque invadía el la colina, y las llamas de el horno emitían caudales de humo negro que ascendía y ascendía.

Nera y Neli entraron cautelosamente. La chica llevaba en una mano una tela roja escarlata y en su otra mano la del chico. Allí lo encontraron, trabajando sin descanso desde que había llegado al pueblo. Su pelo largo y sucio le cubría el rostro y todavía portaba su armadura oscura y oxidada, como si estuviese en luto. Sus armas: la gran espada, los sables gemelos y el escudo agrietado, yacían en una esquina descansando sin vida.

El misterioso extranjero no hizo ademán de saber que estuviesen allí, seguía trabajando con su pesado martillo, el sudor le cubría todo el rostro.

-¿Señor…? –Hizo una pausa, v